Que te echan, Manolo


Luis María Valero (@bot_de_colores)

Real Murcia, 1; Ucam, 2
Manolo, míster, no sé si lo sabes, pero estás muy cerca de que te echen. No te pienses que este club lo manejan nórdicos trajeados; no te pienses tampoco que queda algo en el Murcia de esa paciencia casi artística de Jesús Samper. No, no, eso ya se acabó, y nuestro único puente con aquella etapa es el reclutamiento de su histórico secretario técnico, José Antonio García Franco, el pobrecito Franco, que siempre sabía lo que había que hacer, siempre sabía a quién había que fichar, pero nunca le escuchaban. Te digo, Manolo, que éste es otro Murcia, uno que es de comida rápida e incluso rapidísima. Para Samper, este arranque habría resultado casi que prometedor, y probablemente te habría emplazado a una reunión en noviembre "para volver a hablar de la marcha del equipo". Los de ahora son otros lópez. Nuestros actuales gestores tienen el convencimiento de que te han dado plantilla suficiente para pasearte, y de ahí no los vas a sacar. Ellos no tienen ni zorra de fútbol (a priori), pero saben lo que le están pagando a Santi Jara, saben que han traído muchos jugadores de Segunda, y tú, Manolo, no eres nadie para ellos. Alguien de quien tenían buenas referencias, nada más. Tú no vienes de Segunda, tú no traes contigo grandes triunfos, tú has sido siempre el primero en caer en la historia del Murcia, esto ya lo he visto antes. Tú tenías otros rostros, tú tenías otros nombres, pero el epitafio siempre fue el mismo: "Le vino grande".

Le sacaron pegas a Vicente Mir, Manolo, fueron irrespetuosos con él, y ni siquiera le ofrecieron la renovación. Si así trataron a un hombre que hizo números de líder, tú ya tienes que empezar a vigilar tus espaldas cuando llegues al portal de casa. Son jóvenes pero tienen el viejo concepto: "inconcebible perder con el Écija". Por eso te sugiero, Manolo: haz lo que quieras, de una vez, mientras sigas con vida. ¿Viniste a jugar con mediapunta? Pon a tu mediapunta. ¿Te apetece sentar a algún ojito derecho de Deseado? Mándalo a la grada. Sé valiente, Manolo. No sé si lo fuiste este verano, no sé si tenías los galones o el coraje para levantar la voz y decirle a Deseado: "A ese que me propones no lo quiero. Quiero a estos dos del Villanovense, hostia, y a este otro del Mérida, quiero a los que yo sé que valen". ¿Dijiste esa frase? No tengo ni idea. Pero ahora estás en peligro.

Fue un partido igualado, contra un rival que debía ser extremeño o de Andalucía occidental, supongo, porque vinieron pocos y silenciosos, como cansados por un viaje agotador. El Murcia estuvo condicionado por la temprana e injusta expulsión de uno de sus mejores jugadores en ataque, Santi Jara, que, por lo demás, es un jugador con tendencia a desaparecer, y de esos a los que no le duele la pelota cuando un rival la conduce cerca de él. Es decir, anárquico, como varios de los futbolistas que ha fichado Deseado. En otro orden de cosas, el Murcia sigue fiel a su heroico intento de ascender a Segunda con un mediocentro que no puede. David Sánchez es, desde el calentamiento, el mejor jugador sobre el césped: nadie tiene tanta visión de juego como él, nadie tiene tanta personalidad, tanto toque a balón parado. Pero no puede. David, que tras el descanso del partido de playoff en Mestalla no debió volver a jugar un solo minuto de esa eliminatoria, comete, lastrado por su físico, fallos que condenarían a Siberia a Juanma o cualquier canterano, pero para los que él sí parece tener licencia. Con él sobre el césped, al Murcia le terminan comiendo el centro del campo antes o después, siempre. Pero Manolo sabrá. Lo que no sé si sabe Manolo es que en la cocina del Lizarrán hay un hombre afilando cuchillos mientras susurra el viejo epitafio: "Le vino grande... le vino grande..."

Real Murcia: Biel Ribas, Juanra, Pedro Orfila, Álex Ortiz, Forniés (Xiscu, 62'), David Sánchez, Armando, Elady Zorrilla, Santi Jara, Víctor Curto (Salva Chamorro, 79') y Pedro Martín (Fran Carnicer, 72').
Goles: 0-1 (Quiles, 8'), 0-2 (Quiles, 64'), 1-2 (Elady, 91').



Un día en Los Palacios


Alejandro Oliva (@betandtuit)

Recreativo de Huelva, 1; Real Murcia, 1.
El tipo bajó cuatro o cinco filas del Nuevo Colombino y se acercó a la zona donde unos diez murcianistas nos habíamos juntado en la Lateral. Casi antes de sentarse, y como si hiciera falta un motivo para estar viendo al Murcia en Huelva, nos explicó el suyo: su jefe lo había mandado a Los Palacios a montar un Día. A montar en Los Palacios un Día, repitió, y pensé en lo poético que le hubiera quedado a Garcilaso hace cinco siglos y en lo prosaico de la vida de aquel zagalón murciano encargado de instalar un supermercado Día en la localidad sevillana de Los Palacios. Entró al estadio algo tarde, por las formidables colas del Colombino, pero pronto mostró ser un hincha de los que no necesita calentar y empezó a cagarse en todo lo imaginable, sobre todo en la puta, con un tono enérgico, vibrante, futbolero, que nos hizo respetables en aquella grada. “Ojo, que estos no han venido de Murcia de paseo: han venido a cagarse en la puta”. Fino, serio, ágil y menudo, con gafas metálicas y aire despistado, preguntó por el Murcia contra el Écija, por los nuevos, por las sensaciones, pero parecía saberlo casi todo, estar muy al día del equipo de su tierra. Su jefe le había encargado montar un Día en Los Palacios, sólo eso. Y no parecía quedarle mucho para dejarlo montado y volver a casa, que ya estaba bien. Me cago en la puta, hombre.

En el Nuevo Colombino, a 125 kilómetros de Los Palacios, el nuevo Murcia empezó a dar señales de lo que puede ser el Murcia de Sanlúcar. No era fácil plantarse en Huelva tras la primera derrota, ante más de 10.000 recreativistas (que, ojo, aunque pueda sorprender, también quieren ser primeros de grupo) y dominar el partido, no dejar apenas llegar al rival, adelantarse en el marcador y seguir mandando después, hasta el descanso. Pero en la segunda parte el Recreativo aceleró, sacó la chispa, la calidad (con la que, ojo, aunque pueda sorprender, también quieren ser primeros de grupo) y superó al Murcia en 20 minutos en los que pudo ser goleado. Falta mucho, falta montar el equipo, pero la sensación es que Sanlúcar ya ha dado con un mínimo para competir mientras trabaja para encontrar su Murcia, a pesar de partir de cero, de que ha tenido que construir desde la nada. Falta mucho, pero el equipo incluso terminó mandando, tras los cambios, y pudo terminar ganando en una recta final en la que logró encerrar a los locales. Una de Curto a la media vuelta hubiera sido demasiada felicidad para los diez murcianistas que nos habíamos juntado en la Lateral. Me cago en la puta, gritó por última vez el tipo, pero casi sin aliento, como si ya tuviera la cabeza en Los Palacios y diera el empate por bueno. Se despidió con una mueca amistosa, subió las cuatro o cinco filas del Nuevo Colombino, ágil y menudo, con aire despistado, y pensé, mientras empezaban a resonar en Murcia las primeras dudas de los descerebrados hacia el nuevo míster, en si a Sanlúcar le dejarán al menos montar su Día en Los Palacios.

Real Murcia: Biel Ribas, Fede Vega, Pedro Orfila, Álex Ortiz, Armando, David Sánchez, Fernando Llorente, Abel Molinero (Xiscu, 60'), Santi Jara y Pedro Martín (Salva Chamorro, 73').
Goles: 0-1 (Pedro Martín, 29') 1-1 (Boris, 55').

A priori


Luis María Valero (@mondo_moyano)

Real Murcia, 0; Écija,1.
Deseado Flores no tiene ni zorra de fútbol, a priori. Ni putísima, lógicamente. A priori. Como tú y como yo. Como Marcos López. Como muchos ex futbolistas que se ponen delante de un micrófono, aunque parezca increíble. Lo que pasa es que esos ex futbolistas tienen el a priori de su lado. Ellos, a priori, sí saben de fútbol, y lo que te tienen que demostrar es que no saben. Muchos de ellos lo hacen, por cierto, frase a frase, tópico a tópico, gilipollez a gilipollez. Pero, ¿con la boca cerrada, antes de construir las primeras sílabas? En esa fase previa, Pichi Alonso es el nuevo Vujadin Boskov, y Jesús Rosagro haría campeón de Europa al Chernomorets Odessa. Luego abren la boca, y, en ocasiones, lo que escuchas empieza a chirriarte. Aunque claro, nunca la certeza, porque yo tampoco tengo reputa idea, y por lo tanto no estoy autorizado a sentenciar a terceros. Camina uno a tientas en la neblina, intuyendo la ausencia propia y ajena de la más mínima puta idea. 

A los Pichi Alonso, el a priori les mira sonriente, afable. A Deseado, en cambio, el a priori le mira muy serio, con muchas dudas. Al a priori le brotan piernas de repente, que le permiten acercarse a Deseado y susurrarle al oído: "Demuéstrame". Y ojo: que Deseado empezó convenciendo al a priori y a todos nosotros. Josema, Sergi Guardiola, Vicente Mir. Esos indiscutibles aciertos hicieron que omitiéramos otros errores relativamente menores, como firmarle año y medio a Borja Gómez, que estaba sin equipo, venía de vuelta y arrastraba un historial de lesiones más propio de un veterano de Vietnam. Bah, fallos sin demasiada importancia, porque era primavera, asomaban las mangas cortas y el Murcia remontaba en la clasificación con poderío de equipo grande. Yo me decía: ojo a Deseado, que lo mismo sabe. Me lo decía muy seriamente, y está a tiempo de demostrarlo. Luego, a final de temporada, le escuché desdeñar a Vicente Mir, y volví a dudar. "En los momentos difíciles, las decisiones de Vicente Mir no fueron las adecuadas", sentenció, y al decirlo, ya dio igual si tal cosa era verdad o no. Ante ese monumento al niputaideísmo que supone despreciar al entrenador que te ha metido donde ni soñábamos estar en febrero me acordé de otros casos similares en nuestra historia. Como cuando Juan Antonio Samper pensó que él había ascendido a aquel Murcia de la 2002/03, que él había estado cada mañana en Cobatillas sacándole el pringue a Carlos Isach Ramos y a Pedro Largo Carazo, y que por tanto qué más daba echar a David Vidal y poner luego a Joaquín Peiró o a La Tacones. Lo peligroso no era que Juan Antonio careciera de la más zorrísima idea, no, no, qué va: lo peligroso es que creía que sí la tenía.

Por tanto, lo letal sería que Deseado Flores se enchufara un día cualquiera un Numancia-Huesca (¡o que ya lo esté haciendo!) y que se pusiera a dibujar líneas y triángulos en su mente. Seguro que es muy válido para muchas cosas, pero aún no ha cambiado de signo ningún a priori como para dejarnos tranquilos si sabemos que se pone a ver un Numancia-Huesca. El problema es que sus palabras y sus actos indican que, en efecto, está sintonizando mucho Gol TV, y eso trae consecuencias. El camino más corto para que un futbolista te pierda el respeto es pontificar sobre fútbol ante ellos cuando eres ajeno a su mundillo, además de no tratarles con la consideración que merecen, y Deseado ha incurrido en esos dos errores. En el fondo, los jugadores de fútbol son como cualquier gremio. Supongo que para instruir a un grupo de mecánicos sobre bielas y cigüeñales tendrás que haber levantado algún capó en tu vida. Si no, no pasa nada, pero el a priori ni zorra no te lo quita nadie, y vas a necesitar mucha humildad para remontarlo. Deseado quiso instruir unas cuantas veces la temporada pasada a los futbolistas, y no causó una sensación muy diferente a la que debe causar cualquiera que no ha pegado una patada a un balón en su vida, se remanga la camisa y empieza a dar la palicica a tipos que llevan jugando al fútbol bajo presión desde los 11 años.

¿Manolo Sanlúcar? ¿La plantilla? Ellos sí tienen el a priori de su lado.

Real Murcia: Biel Ribas, Fede Vega, Forniés, Álex Ortiz, Orfila, Armando, Santi Jara, Fran Carnicer (David Sánchez, 73') Llorente (Elady, 61'), Abel Molinero (Chamorro, 63') y Víctor Curto
Goles: 0-1 (Una foto en Palma de Mallorca, 63').

El principio

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 0 ; Mestalla, 0
Siempre que aparecía el The End, al terminar cualquier película americana, mi abuelo decía "ten" y con una sonrisa alargaba la mano a uno de sus nietos. "Ten, nene, ten". Nos hizo la misma broma a todos sus nietos, quizá la hicieron todos los abuelos de la época. Ahora ya apenas se pone The End en los créditos finales, pero cada vez que veo el rótulo en alguna película antigua recuerdo la sonrisa de mi abuelo diciendo "ten" y alargando la mano desde su mecedora. También lo recordé el domingo, cuando la temporada llegó a su final. The End. Esta crónica se iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así, e iba a denunciar la estructura del fútbol español, anclada en un sistema más propio del Antiguo Régimen que del siglo XXI (con una tercera y una cuarta categoría esperpénticas, sin nada que ver con las del resto de países futboleros, con un modelo de ascensos injusto, ajeno a la lógica de la temporada, con filiales y otros anacronismos, como la ventaja del gol en campo contrario, que deberían ser peleados por los presidentes de las territoriales, entre comilona y comilona, pero que nadie se atreve a tocar, casi ni a plantear). Es algo que el fútbol español debería afrontar en frío, con cabeza, pensando en los clubes y las aficiones de toda España, sin mirar intereses a corto plazo. Esta crónica se iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así, pero esa era la crónica en el supuesto de que el Murcia hubiera pasado la eliminatoria, porque después de perder no me gustan las quejas ni las excusas. Así que en esta crónica no quiero hablar de injusticias, ni del antiguo régimen, ni de comilonas, ni siquiera de filiales. En esta crónica prefiero hablar de mi compañero de grada Raúl, que en el descanso me contó que su hijo está sano, totalmente recuperado, después de nacer con prisas, quizá ansioso por vivir un ascenso, por sentirlo en la felicidad de su padre; prefiero hablar de mi amigo Martín Ortega, que junto a su colega Juanito ha venido desde Yecla a vivir los partidos de playoff, con dos cojones; prefiero hablar del estadio, que estaba precioso el domingo, lleno de vida y de ilusión, con una media de edad que invita a soñar con el futuro. Por la mañana, antes de comer, me crucé por la calle Puerta Nueva a una pareja, los dos con la grana, y los saludé sin conocerlos, maravillado de encontrar murcianismo en el centro de Murcia. Prefiero hablar de todo eso en esta crónica. Y del niño que se sienta en la fila de abajo, que rompió a llorar poco antes del minuto 90: por su edad, será el primer recuerdo triste que tenga del Murcia. Prefiero contarte que apenas vi más llantos en la grada: al terminar el partido, al agradecer el esfuerzo a los jugadores, al desfilar en orden y silencio de vuelta a casa, el murcianismo a mi alrededor retenía la lágrima en el ojo, sin dejarla caer. Todos con nuestra maldita lágrima ahí, suspendida; una lágrima nacida del dolor y la rabia, y de la emoción y, sobre todo, de compartir todas esas sensaciones con los que tienes a tu lado. Prefiero contar que al día siguiente, con el Murcia eliminado, también vi a un chaval larguirucho y despreocupado, con la camiseta de este año, cruzando el Puente de Hierro a la vuelta del instituto, imagino, en el puto lunes más duro para el murcianismo, y entonces pensé que esto no puede ser el final de nada, sino un nuevo principio.

Nada que recriminar a Vicente Mir. A toro pasado, claro, todos sabemos cómo arreglar el mundo. Y en esta crónica yo lo hubiera arreglado también (creo que en Valencia debimos encerrarnos más, sin dejar tantos espacios, y en casa, en cambio, salir a muerte a por el partido aprovechando el ambiente, y con Elady y Cruz de inicio, que eran los dos futbolistas más frescos en esta recta final; creo que José Ruiz se había ganado en año y medio de grana el derecho a jugar estos partidos). Pero arreglaría el mundo sólo en el supuesto de que el Murcia hubiera pasado la eliminatoria, porque es injusto hacerlo después de una derrota, es injusto sabiendo que en el arreón final tuvimos cuatro ocasiones claras y sólo con que hubiera entrado una, sólo una, Vicente Mir estaría a dos pasos de meter al Murcia en Segunda. Gracias, míster, por volvernos a hacer soñar en primavera. Nada que recriminar a una plantilla comprometida desde agosto, a un grupo de jugadores que se quedó literalmente sin aliento, contagiados por la ilusión creciente de las últimas semanas inyectada por los nuevos dueños del club, que afrontan ahora el reto más duro, el plan B, el plan de la B. El reto de hacer viable un club arropado a la mínima por más de 20.000 personas, más todas las que están detrás, respaldado, ahora sí, por la séptima ciudad de España y por decenas de municipios y pedanías de la Región. El reto imposible de hacer viable algo necesario, que se siente así, que se vive así. Podemos gritar que regresaremos más fuertes, que volveremos, podemos consolarnos con eslóganes y frases hechas, pero la realidad y el fútbol nos dicen que nada nos garantiza volver pronto a Segunda. Más bien al contrario, con esta estructura del fútbol español, anclada en un modelo que yo quería denunciar en esta crónica, que iba a titular Basta ya, o Hasta los huevos, o algo así. Pero después de perder no me gustan las quejas ni las excusas. He preferido recordar a Martín Ortega, a Raúl, a mi abuelo, al estadio, que estaba precioso el domingo, a la pareja que paseaba por el centro de grana y al chaval larguirucho y despreocupado que cruzaba el puente al día siguiente con la camiseta del Murcia. Al niño de la fila de abajo, que rompió a llorar poco antes del minuto 90. Y esa maldita lágrima que no dejamos caer, esa lágrima nacida del dolor y la rabia, y de la emoción y, sobre todo, de compartir todas esas sensaciones con los que tienes a tu lado. Es un viaje en el que somos cada vez más, y cada vez más juntos, pero siempre hay sitio para sumar. Así que pasa, ponte cómodo y quédate, que esto no es el final, sino el principio de todo lo que nos queda por vivir.

Real Murcia: Simón; Juanjo (Adrián Cruz), Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Javi Saura), Armando, David Sánchez, Diego Benito (Elady); Víctor Curto y Guardiola.
Goles: Putos filiales.

Remontar

Alejandro Oliva [@betandtuit]

VCF Mestalla, 2 ; Real Murcia, 1.
Supongo que al nacer todo el mundo tiene la misma confianza en remontar un partido, o lo que haya que remontar, independientemente de cuál sea su lugar de nacimiento. Que da igual ser de Santomera, de Logroño o de Vancouver para creer que algo que ha empezado mal puede terminar bien. Supongo que, como casi todo, es un rasgo cultural, algo que vamos aprendiendo en nuestro entorno. En La Condomina vieja siempre me fascinó nuestra poca fe en que el Murcia pudiera levantar un partido cuando se torcía. Un 0-1 solía ser un bofetón que nos tumbaba: daba igual que el rival fuera el Barça o el Gavà. Un 0-2 ni te cuento. O sí, voy a contártelo: un 0-2 antes del descanso era marcharse directamente a casa, abatido, segurísimo de la derrota. Supongo que será algo relacionado con la fe, con la confianza en uno mismo y en el mundo; con la tenacidad, con el coraje para seguir y seguir cuando todo parece perdido; con las pocas ganas de sufrir en el fútbol, que ya se sufre bastante en la vida: mejor anticipar la derrota, pasar el mal trago cuanto antes, ponerte a salvo. Mejor abandonar que sufrir. Supongo que será algo relacionado con todo eso. Después veíamos en Estudio Estadio esos campos míticos capaces de remontar cualquier resultado, incluso en pocos minutos, pero lo veíamos como algo ajeno a nosotros, de otro mundo, de una galaxia lejana donde sucedían cosas tan extrañas e insólitas como remontar partidos de fútbol. Y con el tiempo olvidamos si por no remontar dejamos de creer en las remontadas o por no creer en las remontadas dejamos de remontar. Partidos de fútbol, o lo que haya que remontar, porque la cuestión, en apariencia trivial, se convierte en decisiva cuando caes en la cuenta de que la vida suele ser remontar, de que vivir es un poco tener que remontar cada día, con la seguridad de que ese partido, el de la vida, lo vamos a perder tarde o temprano.

El murcianismo eligió un escenario grande, Mestalla, para celebrar su esplendor, su mejor momento de las últimas décadas. Porque el Murcia estaba mejor hace 10 años, ascendiendo a Primera y con 25.000 socios, pero era un estadio tan lleno de gente como vacío de murcianismo, nada que ver con el de los más de 5.000 desplazados a Valencia, ilusionados, movidos por algo que no tiene nada que ver con el espectáculo. El murcianismo eligió un escenario grande, que se nos hizo algo grande a todos, tanto en la grada, donde nos vimos sorprendidos por el entusiasmo de la hinchada filial; como en el campo, donde el ritmo y la chispa de los chavales, alguno ya zagalón, nos pudo dejar noqueados allí mismo, en un par de tramos duros de partido que se hicieron largos y nos llenaron de dudas. Pero el Murcia se mantuvo en pie en esos momentos críticos, y hasta tuvo las dos ocasiones más claras, en las que rozó un empate a dos que hubiera sido divino, pero que finalmente no llegó. Toca remontar. Toca revolvernos contra nuestra tradición cultural, que ya se pronuncia dando la eliminatoria por difícil, por casi imposible, por perdida en su versión más radical. Algunos creían que no sólo íbamos a subir, sino que íbamos a subir sin sufrir, sin afrontar ninguna adversidad. Pero la vida suele ser remontar, saber encajar y levantarse, seguir y seguir cuando todo parece perdido, saber sufrir. Con la seguridad de que ese partido, el de la vida, lo vamos a perder tarde o temprano; pero con la esperanza de que hay otro partido, el del Murcia, el del murcianismo, que nunca dejará de jugarse.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Javi Saura (Adrián Cruz 73'), Rayco; Guardiola, Víctor Curto (Elady, 82).
Goles: 1-0, Zagalón (34'), 1-1, Armando (44'), 2-1, Zagalón (58').


Una chaqueta siempre


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 1 ; Pontevedra, 1
“Una chaqueta en el coche siempre hay que llevar, por si vas al fútbol”, recordaba mi amigo Carlos Marañón en Burgos, citando a su padre, que sabe de esto de la vida casi tanto como de fútbol. Era 4 de junio, hace 17 años ya, y estábamos helados en las gradas de El Plantío, viendo al Murcia, claro. Una chaqueta siempre, joder, decía Carlos. Por si vas al fútbol, coño, insistía, y nos reíamos de nuestra infinita torpeza, de que no alcanzaríamos la sabiduría de nuestros padres jamás, ni siendo nosotros padres. Y así ha sido. El Murcia ganaba 0-2 al descanso, con goles de Aguilar y Carrero, y ahí estábamos, infiltrados entre la afición local, que bebía chupitos de coñac para sobrellevar el frío primaveral. Era 4 de junio, hace 17 años ya, y yo había salido en autobús de una Murcia hirviendo camino de Madrid, y allí junto a mi amigo había cogido, sudando también por el calorazo de la capital, otro autobús a Burgos, donde el día también era caluroso. No vi a ningún murcianista por allí, pero seguro que había alguno: alguien que viviera en Madrid o por el norte, o algún loco, o el gran José Antonio Currás y su familia de Orense. Entonces no había federación de peñas, casi no había peñas, incluso, porque al Murcia le han pasado muchas cosas malas en este siglo, pero al murcianismo le han pasado muchas cosas buenas que lo mantienen vivo, más vivo que nunca, ante el desconcierto de algunos. El Murcia había perdido la semana anterior en La Condomina el segundo partido del playoff y los ánimos estaban por los suelos, con la sensación de que se nos escapaba otra vez el ascenso. El Burgos, en cambio, sabía que si ganaba al Murcia se plantaría con mucha ventaja en la recta final de la liguilla, con sus dos últimos partidos contra el Mensajero, mientras que Murcia y Granada se matarían entre sí. El día era caluroso, pero al caer la tarde El Plantío se fue helando, y en el descanso nos pedimos un coñac que supo a gloria antes de volver a nuestro asiento, infiltrados entre la afición local. Estábamos a cuatro partidos de regresar a Segunda por fin, de ver cumplido ese sueño, mientras veíamos saltar al césped a esos once tipos con el escudo del Murcia en el pecho. 

Me acuerdo casi a diario de mi amigo, a veces de Burgos y a menudo incluso de la chaqueta de su padre, pero volví a recordarlo todo el domingo, cuando el Pontevedra marcó el 0-1 y de pronto se movió un frío extraño en Nueva Condomina. Una chaqueta en el coche siempre, cojones, pensé. Por la tarde nos habíamos asado con ese solazo murciano fuerte de final de mayo, confiados, algunos en tirantes, ojo, qué equipo nos tocará ahora en segunda ronda, decíamos, otros en bermudas, el Pontevedra es flojillo, ¿no?, en chanclas los más osados, hablando de qué jugadores se quedarán el año que viene si subimos. La tarde era un trámite, una fiesta sin sufrimiento ni chaqueta. Pero marcó el Pontevedra y Nueva Condomina se heló: estábamos desprotegidos, en manga corta todos, el viento soplaba de pronto fresco y cada acercamiento de los gallegos era el 0-2 en nuestras cabezas, el miedo, la antesala del horror; Córdoba, Hércules, Toledo, la historia de los últimos tres años aún más cruel. Pero por suerte en el césped refrescó menos y Vicente Mir tiene la confianza del que es precavido. El Murcia estuvo tranquilo, bien abrigado, empató y pudo ganar; el Murcia avanzó por fin a la segunda ronda, tres años después. El Pontevedra al final sólo fue una advertencia de que todo será mucho más difícil de lo que el más pesimista imagina. El Pontevedra nos recordó que una chaqueta siempre, nos recordó Burgos, nos recordó que nunca hay que confiarse, cuando vas al fútbol e incluso cuando no vas al fútbol. Pero a Valencia iremos, para ver saltar al césped a esos once tipos con el escudo del Murcia en el pecho, cuando estamos a cuatro partidos de regresar a Segunda por fin, de ver cumplido ese sueño. 

Real Murcia: Simón; José Ruiz, Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Elady 77'), David Sánchez, Adri Cruz (Armando 29'), Saura (Benito 63'); Guardiola y Víctor Curto.
Goles: 0-1 (El Miedo, 51'). 1-1 Guardiola (78').

El dolor

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Pontevedra, 1 ; Real Murcia, 3.
Imagino que don Francisco decidió ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, quién sabe. "Me voy", diría don Francisco, imagino. Imagino que no lo pensó, que no le dio ni dos vueltas, que ese tipo de decisiones no se piensan, pero ni idea de cómo fue su proceso. El caso es que podía ir a Pontevedra o no ir a Pontevedra y eligió ir. El club Real Murcia recordó a toda la ciudad el pasado verano, en una brillante campaña de abonados, que un equipo de fútbol no se elige, se siente, pero en la vida y en el fútbol a veces también se elige. Y don Francisco, 60 años cumplidos, camiseta grana de #nidiosseraja, sin nadie conocido que lo acompañara, eligió hacer más de 2.000 kilómetros en autobús en 36 horas, eligió no acostarse en una cama durante todo un fin de semana, para ver al Murcia jugar en Pontevedra. Imagino que allí pasó un gran día. Imagino que vio una ciudad amable abrazando a la hinchada rival, unas calles distintas llenas de unas vidas parecidas, un ambiente en Pasarón precioso de eliminatoria, de ser o no ser, de fútbol auténtico. No necesito imaginar, porque lo sé, que también vio a tres o cuatro desgraciados maltratar y esposar a un murcianista sin motivo alguno, en una escena brutal que deja un sabor amargo a cualquiera que la viva, un sabor de derrota tan absoluta que dan ganas de abandonar el fútbol y todo lo demás. Don Francisco vio lo peor y lo mejor de este mundo, vivió ese pulso entre aceptarlo o no que el cabrón de Faulkner planteó en una frase de Las Palmeras Salvajes: "Entre el dolor y la nada, elijo el dolor". Imagino a su familia llamándolo loco al marchar a las 12 de la noche y llamándolo loco al volver a comer el domingo. Imagino, porque lo vi medio dormitar dos noches enteras, que llegó a su casa roto, dolorido, los pies hinchados como si hubiera ido andando, con la sensación de tener cinco o seis rodillas maltrechas, sin espalda y con el cuello del revés, porque lo vi cabecear varias veces como Víctor Curto, pero al vacío. Imagino que llegó a casa roto, porque lo vi bajar del autobús roto y feliz, como todos, pero con 60 años encima. Pero entre el dolor y la nada, había elegido el dolor. Como el Murcia, el puto Murcia, que una temporada más llega a estas semanas agarrado a la vida para seguir siendo.

Dice La Biblia, que diga bdfutbol.com, que Vicente Mir Arnau mide 1,73 metros, pero Vicente salió de Pasarón convertido en un gigante, en un ser casi mitológico, en el tío más alto de Valencia, al menos. 1,80 mínimo, Vicente, joder; menuda liaste en Pontevedra, Vicente. Dicen que no hay que cambiar lo que funciona, que si va bien algo ni tocarlo, pero sólo si no se tienen cojones, pareció decirnos Vicente en Pontevedra, que casi revolucionó un equipo que funcionaba. Qué tío, Vicente, estudioso de cada rival, de cada campo, de cada detalle. “Hay un jugador con manga larga: vamos a ver cómo influye en el partido”, decía Carlos Salvador Bilardo, y así parece actuar Vicente, con todo tan controlado que sacó en Pasarón un equipo lleno de centrocampistas que funcionó a la perfección, empequeñeció al Pontevedra y contó con el acierto habitual de los dos de arriba. Sólo un penalti inventado, algo quizá tan habitual como el acierto de los de arriba, mantiene viva la eliminatoria. El Murcia dio una alegría al murcianismo, una alegría en primavera, por fin, la primera de un camino tan largo que apetece vivirlo, aunque pueda llegar a doler mucho. Pero no importará, hemos elegido que duela. Como don Francisco, al que imagino decidiendo ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, imagino. Lo que no necesito imaginar, porque lo sé, es el motivo que dio para hacer ese viaje cuando le preguntaron por qué, Paco, por qué a Pontevedra, hombre, por qué. Don Francisco sólo dijo que iba por si le pasaba algo y era la última vez que podía ver al Murcia. Sin más. A veces, detrás de la locura más grande está la decisión más sensata. El dolor antes que la nada. El cabrón de Faulkner y el puto Murcia, que se agarra una temporada más a la vida para seguir siendo.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar (José Ruiz 80'); Javi Saura (Diego Benito 65'), David Sánchez, Armando, Adrián Cruz; Víctor Curto (Elady 86') y Sergi Guardiola.
Goles: 0-1 Víctor Curto (20'); 0-2 Sergi Guardiola (39'); 0-3 Víctor Curto (50'); 1-3 Bonilla (79', de un penalti que pitaron).