Vivir


Luis María Valero (@mondo_moyano)

Real Murcia, 3; Extremadura, 2
Me lo querían interpretar, ojo, saliendo del estadio. Uno que conozco y que incluso me cae bien se me acercó y se sacó del bolsillo los resultados de los rivales, el calendario que nos queda, la posible influencia de este milagro en la confianza de nuestros jugadores hasta el final de temporada; más cosas que Doraemon se sacó del bolsillo mi intérprete, mi analista, mi hijo de la más grande perra. Pero no había nada que interpretar tras una remontada de esas que merecería haber sido narrada por José Ángel De la Casa, no había nada que concluir: bastó con vivirlo y nada más. Vivirlo. Vivir. Por la periferia racional de algo tan intenso no merecía la pena caminar. La burbuja, la burbuja. Esa burbuja del descuento, esos segundos, y del resto no sé nada. Los Gálvez: no sé nada. Que ni con la victoria seremos primeros: no sé nada. Que el deporte que nos había regalado esta caricia se llama fútbol: no sé nada. No importaba más que esa infrecuente modalidad de abrazo que desempolvamos tras el cabezazo de Chrisantus en el 3-2: un abrazo animal, despiadado, violento, que buscó abarcar a varios humanos a la vez en un solo movimiento, que buscó a veces escalarlos, que buscó mucho más de lo que suele buscarse con un abrazo. Con el 3-2 de Chrisantus se instauró en nuestras gradas un tipo de abrazo salvaje, que rozó incluso la agresión. El tipo de abrazo que no damos más de diez veces a lo largo de una vida, con todo girando y alguien llorando. ¿Quién está llorando? ¿Es el Morata? Y es evidente que ese amigo que es un respetadísimo profesor universitario va a caerse por las escaleras en cualquier momento, ¿está buscando caerse? Y el responsable padre de una niña de apenas un año está en trance queriendo arrancar un asiento mientras alguien lo abraza por la espalda y parece como si fuera a morderle el cuello, ¿le acaba de morder el cuello? Sácate datos del bolsillo, analista, sácate una interpretación, pero aquí lo único que contó es haberlo vivido, haber estado allí cuando Forniés empezó a lanzar fuegos artificiales, recordar que lo que más emociona a partir de cierta edad es ver a otros emocionarse. Todo ese escalofrío colectivo bajó por nuestra colectiva espalda gracias al viejo Murcia. Ah, el Murcia, ese club que está medio loco a fuerza de contemplar fijamente su catástrofe, pero que sin embargo es maestro en dejar atrás de repente todo lo horrible, toda la masa de espantos, como una rutina fácil de ejecutar. Y otra vez tomar aire, dejar entrar la vida. Y otra vez dar motivos para diversas modalidades de abrazos. Y otra vez vivir.

Real Murcia: Biel Ribas; Orfila, Charlie, Molo, Forniés; David Sánchez (Elady, 55'), Armando (Fran Carnicer, 66'), Juanma; Santi Jara, Pedro Martín (Carlos Martínez, 77') y Chrisantus.
Goles: 0-1 (Valverde, 47'); 0-2 (Willy, 51'); 1-2 (Carlos Martínez, al ver que empezaba a irse la gente, 84'); 2-2 (Chrisantus, 92’) 3-2 (todos nosotros, 93’).

Algo para recordar

Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 3; Extremadura, 2.
Jugaba el Murcia a las 5 en La Condomina de siempre, y después del partido los domingos se iban apagando poco a poco con la sintonía de Estudio Estadio de fondo, cuando ya nos dejaban verlo entero, pero con reparos, que al día siguiente había clase. Los lunes, en el colegio, comentaba los partidos con Ramón Abellán y Pepe Sánchez Cuenca, que también iban al estadio con sus padres. Si cierro los ojos aún puedo ver a Pepe hablar de un gol de Mejías o a Ramón rajar de Ibeas mientras yo defendía a Timoumi. La tertulia de los lunes era un clásico para nosotros tres, que nos sentíamos especiales. Éramos del Murcia porque nuestros padres eran del Murcia. En una clase de casi 40 alumnos, sólo nosotros tres íbamos al fútbol los domingos; sólo tres padres de casi 40 iban a ver al Murcia en la mejor época de su historia: de aquellos diez años de cole, seis los vivimos en Primera; y de las cuatro temporadas en Segunda fuimos campeones en tres de ellas. Nos sentíamos especiales, pero no locos: lo normal, pensábamos, era ser del Murcia. Luego, ya en el instituto, no recuerdo a ningún murcianista en las cuatro clases en las que estuve, bueno, en una sí había uno, pero era Pepe. Aquel ya era un Murcia a la deriva, que no pudo rematar el ascenso a Primera en Zaragoza y sufrió su primer descenso administrativo; un Murcia decadente, que había pasado de moda, sin solución ni futuro. En el instituto las tertulias de los lunes se convirtieron en mofas, y ser del Murcia ya no era normal, sino algo extraño, casi una locura. La locura de ser del Murcia en Murcia. A esa edad uno debe decidir sobre demasiadas cosas, uno decide casi sin darse cuenta gran parte de su futuro. Pero seguir siendo del Murcia no lo recuerdo como una elección. Seguir siendo era irremediable. Y eso que se intuía que no iba a traer muchas alegrías. Pero no había puerta de salida, te quedabas allí, en el Murcia, ese lugar en el que, por algún motivo que se te escapaba, el murcianismo vivía feliz entre sus recuerdos inolvidables y sus sueños inalcanzables. Ayer, en el patio del colegio de mi hijo, rodeado de zagales con camisetas blancas, negras y azulicas de Cristiano, me acordé de mis amigos Ramón Abellán y  Pepe Sánchez Cuenca. Y cuando en mi cabeza comenzó a sonar la sintonía de Estudio Estadio, imaginé a tres de esos niños hablando de los goles de Macauley Chrisantus.

Rafael Martín Vázquez fue el mejor centrocampista español de mi juventud. En 1990 hizo un Mundial de Italia brillante, valiente e injustamente olvidado. Martín Vázquez representa para mí lo mejor del fútbol como deporte a secas, como juego maravilloso, como espectáculo, como arte; el fútbol que tanto disfruté hasta los veintitantos años, y que aún sigo disfrutando, el fútbol sin el Murcia, un fútbol que me encanta, pero no tanto; no tanto como el fútbol que se vive, el que apasiona, el fútbol de verdad, el fútbol con el Murcia. Martín Vázquez siempre será para mí ese primer fútbol y curiosamente lo volvió a ser el domingo en Nueva Condomina como entrenador del Extremadura: qué partidazo hizo, qué bien jugó a ese fútbol, cómo superó al Murcia, cómo destrozó todo el sistema defensivo salmeronista como nadie lo había superado. También mostró carencias, quizá las mismas que la carrera de Martín Vázquez, carencias que pudieron costarle un par de goles ya en la primera hora de partido. Pero lo normal es que ese 0-2 se hubiera ampliado mediada la segunda parte y que el murcianismo viviera ahora entre las dudas y la depresión, justo antes de llegar (o no) a los playoff. Lo normal es que Nueva Condomina nos volviera a dar una tarde de sueños inalcanzables, no de recuerdos inolvidables; lo normal no era una tarde de nombres que pasan para siempre a la historia del Real Murcia, como pasó el de Macauley Chrisantus. Qué bien que pasen a la historia nombres así: imagino la felicidad de nuestra lista de nombres para la historia al ver entrar por la puerta grande el de MACAULEY CHRISANTUS. Quedarás para siempre, Macauley. Quedará el nombre de Chrisantus y la fe de un equipo acostumbrado a marcar en el añadido, a no tirar la toalla, a seguir hasta el final. Quedará la intensidad del equipo y el empuje de la grada, decisiva en ese impulso final. Quedará el huracán de fútbol, del fútbol como deporte y del fútbol que se vive, que nos hizo olvidar durante unos minutos dónde y cómo estamos, olvidar todo menos lo que somos. Quedará todo eso, aunque seguramente se perderá lo importantes que fueron David Forniés y Carlos Martínez para que eso ocurriera. Quedará Macauley Chrisantus, sus dos remates divinos, el delirio, la locura, la fiesta en Nueva Condomina, que fue una explosión de fiestas entrelazadas, cada uno la suya y todos en cada una, cada uno su hijo y su padre y su hermano; su gente que no está o ya no puede estar; sus compañeros de grada abrazándose, su señor de detrás con su hija, su señor de delante emocionado. Seguir siendo. Cada uno tiene su historia, su murcianismo heredado, adquirido o conquistado, de infancia o de juventud o ya de madurez, la historia de su pasión. Cada uno tiene su seguir siendo, su manera de volver al patio del Narciso Yepes los lunes, con Ramón y Pepe, después de un domingo en La Condomina. Seguimos siendo del Murcia sólo para poder recordar. Seguiremos siendo de equipos que convierten los partidos en recuerdos y el fútbol en memoria.

Real Murcia: Biel Ribas; Orfila, Charlie, Molo, Forniés; David Sánchez (Elady, 55'), Armando (Fran Carnicer, 66'), Juanma; Pedro Martín (Carlos Martínez, 77'), Chrisantus, Santi Jara.
Goles: 0-1 y 0-2, Rafael Martín Vázquez; 1-2, Carlos Martínez (84'); 2-2, Chrisantus (92') ; 3-2, Chrisantus (93'). 


Monólogo interior

Pie de foto: El Hércules

Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 2; Cartagena, 1.
El Elche, el Elche. Este año nos toca el Elche, si es que nos metemos nosotros. Y siempre que el Hércules no llegue, claro. ¿O sí llegará? ¿Aún puede, no? Pues entonces ojo. Mientras tenga una posibilidad matemática, jamás hay que descartar al Hércules. Qué cojones, al final se meterá y entonces nos toca seguro. Y si no se mete el Hércules, pues el Elche, que es aún peor, o sea mejor equipo. Todo eso si al final nos metemos nosotros, claro. El Elche, socio. Pero seguro. No tengo nada más claro en la vida que eso. Me cago en su puta madre, hombre. Es imposible, es absolutamente imposible salir de Segunda B. Qué hijos de puta. Cómo nos bajaron. Cómo lo sabían todo, hasta lo del Hércules y el Elche. Es imposible salir. Pero ojo que si... ¿Si no nos tocara el Elche? ¿Si no nos tocara ni el Elche ni el Racing de Santander? ¿No puede ganarle el Murcia, este Murcia de Salmerón, al Cornellá, al Mirandés, al Sporting B? ¿A todos esos? ¿No? ¿No puede? No, no, no. No puede. Qué pijo. Cómo cojones vamos a pasar tres rondas, hombre. Qué disparate. ¡En Nueva Condomina! ¡¡Tres rondas!! Cómo cojones vamos a pasarlas. ¿No? ¿No? ¿No podemos? ¿Seguro? Si no nos toca el Elche... ¿tampoco? Pero si tenemos un equipazo. ¿No podemos pasar tres rondas? ¿Imposible? ¿Imposibles las tres rondas? Imposible. Imposibles, tres rondas imposibles. Pero y si... ¿Qué? Y si... ¿Y si...? Oye, oye. Dime, dime. ¿Y si...? ¿Cómo? ¿Qué cojones me quieres decir? Pues eso, eso. Que si nos diera por ser primeros, ojo. ¿Primeros? Primeros, primeros, primeros. Primeros y te toca un Sporting B, un Majadahonda, me cago en su puta madre, uno de esos, un equipazo de esos. Primeros y el primer partido en casa y 1-0 salmeroniano y el 27 de mayo estás fuera de la B. Así. Boom. Zas. Fuera. Primeros y que no te toque el Mallorca, claro. O el Elche. Porque el Hércules primero ya no, ¿no? No, no. Primeros y el Fabril o el Mirandés y el 27 de mayo fuera. Fuera. Pero no puede ser, socio. Es imposible, absolutamente imposible. ¿Contra quién juega el Hércules hoy? ¿Qué nos conviene en el Elche-Mallorca que viene? ¿Cómo será el campo del Majadahonda? Me cago en su puta madre, hombre. ¿Y el Recre en Marbella no ganará? ¿Qué se va a jugar el Écija en dos semanas? ¿Primeros? Primeros, imposible, socio. Vamos a cerrar ser cuartos. Vamos a meternos. Un puntico contra el Extremadura, la vida ese puntico. ¿El Extremadura? El Extremadura gana aquí segurísimo. ¿Y qué calendario tiene el Ucam? ¿Cuántos penaltis le van a pitar aún? ¿Puede estar descendido el Lorca cuando vayamos? Hay que ser cuartos, como sea, y que no nos toque el Elche. Ni el Racing. Y la vuelta fuera de casa siempre. Tres rondas, uf. Qué disparate. ¡Tres rondas! ¡¡En Nueva Condomina!! Es imposible. ¿Cuál es el calendario del Hércules, cuándo vamos a saber que no se mete seguro? Nos va a tocar el Elche, me cago en su puta madre. Este año vamos a caer en primera ronda contra el Elche. Pero seguro. No tengo nada más claro en la vida que eso. El puto 27 de mayo. Si es que nos metemos, ojo, que no lo veo. ¿Contra quién juega el Melilla el domingo? Y luego vamos a Badajoz, vaya tela. ¡Beauh! ¡Es imposible! Absolutamente imposible. Pero imagínate. Invadimos Lorca y luego La Balona aquí, el último. Sueña por un momento. Majadahonda, el 27 de mayo. ¿Cómo será el campo del Majadahonda? Imposible, imposible. Cuartos, como sea. El Badajoz, allí. El Ucam, el Melilla, el Elche y su puta madre. El Hércules, seguro, si se mete. Jamás lo descartes, jamás hay que descartar al Hércules. El Elche, si no. ¡¡En Nueva Condomina!! ¡¡¡Tres rondas!!! Imposible. Imposible, hombre. (Gol de Armando).

Sacó el córner David Sánchez poco antes del minuto 20, un alto del Cartago despejó de cabeza y el balón bajó justo al semicírculo del área, donde acudió Armando, donde siempre acude Armando, que esta vez la agarró como nunca, la volea perfecta, el gol soñado. Y entonces saltamos, casi volamos, y levanté a Martín muy arriba, eufóricos, golazo, golazo, toma, por fin, sí, vamos. Qué alegría, qué locura, qué poca costumbre de celebrar tiene este maldito estadio. Después dejé a Martín en su butaca y me senté, aún con el puño cerrado, escuché el Murcia, Murcia, Murcia de las grandes tardes y no faltó tanto para que se me saltaran las lágrimas. Sí, sí, tan pronto, un puto 8 de abril y ya estamos en esas, en tiempo de goles que emocionan. Era un partido importante, vital, no tanto por el rival sino por poder quedarnos entre los cuatro primeros en el año más jodido de todos. Y el capitán, Armando Ortiz, el hombre que se montó en un autobús casi en marcha camino de Ferrol para sacarnos de la B, el zagalón que nos ha acompañado durante todo este tiempo, había empalado la volea perfecta, el gol soñado. Fue uno de esos momentos en los que se funde el clamor del estadio con el silencio interior, en una paz vibrante y gloriosa. Y duró tanto que dio tiempo a que Pedro Orfila marcara el segundo gol y el momento mágico se prolongara, tres, cuatro, cinco, seis minutos. Hasta que se apagó. Quedaba una hora de partido y entonces mi cabeza volvió a lo suyo, a esa irremediable condena que todo hincha lleva en su cabeza, a ese monólogo interior infernal. El Hércules y el Elche, salir de Segunda B, las tres rondas, la Nueva Condomina. El Racing de Santander y el Mallorca, el Ucam y el Melilla. Majadahonda. ¿Cómo será el campo del Majadahonda? Y el Sporting B y el Fabril y su puta madre. Y el Extremadura, y Badajoz y Lorca y el maldito calendario. El Murcia. Ese goteo continuo que nos vuelve locos, día y noche, sin apenas descanso. El infierno, ese infierno de sufrir tanto por lo que quieres, ese infierno que tal vez sea el único cielo que tenemos por aquí. El único cielo que tenemos, estoy seguro, segurísimo, casi tanto como que nos toca el Elche este año.

Real Murcia: Biel Ribas; Orfila, Molo, Charlie Dean, Forniés; Juanma (Pallardó, 73`), David Sánchez (Mateos, 85'), Armando; Pedro Martín (Elady, 60`), Chrisantus y Santi Jara.
Goles: 1-0, Armando (19'). 2-0, Orfila (22'). 2-1, Psicológico.

El engaño

Pie de foto: Los liantes (Mariano Ozores, 1981)

Alejandro Oliva (@betandtuit)
Real Murcia, 2; Las Palmas Atlético, 0.
Cuando no quiero pensar en los problemas de mi equipo del alma, salgo a pasear. Y cuando quiero pensar en los problemas de mi equipo también, claro. Pasear es una de esas maravillas que se le da bien a Murcia, como el buen tiempo, como casi todas las cosas que nos vienen dadas. En lo demás me temo que somos de una tierra tan buena o tan mala como el resto. Pero pasear, en Murcia, paseamos de puta madre. Pasear despacio es todo lo contrario que correr deprisa, y aunque sólo sea por eso debe de ser una de las mejores cosas de esta vida. Pasear es vivir más, más tiempo y más espacio, pasear es vivir los detalles, es descubrir la vida. Rincones, comercios, pintadas, miradas, voces, sonrisas, olores. Y descubrir bares nuevos, feos y sin futuro, casi todos, pero qué importa. Un bar nuevo, amigo, cualquier bar nuevo, es un canto feliz a la existencia. Ante un bar nuevo hay que parar el paseo unos segundos, y casi hacer una ligera reverencia, esbozando algo así como “Que te vaya bien, hermano”. Los bares nuevos también se nos dan bien a Murcia. En mi último paseo me topé con un par de ellos y me emocioné como siempre, qué quieres que te diga, aunque el bar se encuentre en la otra punta de la ciudad y esté convencido de que no lo voy a pisar jamás. También me topé, en el último paseo, con el cartel de las Fiestas de Primavera, del que había leído algo; me topé con los distintos carteles de las fiestas, en los que varios murcianos ponen su cara sobre un fondo verde que incluye un comentario personal sobre las fiestas. La idea es bonica, y está bien ejecutada, más allá de que uno no sea un entusiasta de todo lo que va detrás de la palabra propaganda, y no digamos de la palabra mercadotecnia. Pero está bonica la idea. La ciudad se ha llenado de la imagen de estos vecinos, y en mi paseo distraído me entretuve en leer el pequeño texto de cada cartel: una muchacha, que si su padre es sardinero desde hace muchos años; los chavales, que si le encantan los paparajotes y los balones del Entierro de la Sardina; otros, que si las carrozas del Bando o la comida familiar en la barraca. Alguna incluso se atreve a decir algo del instragram, la tía. Todo bonico, todo correcto. Pero de pronto, uno de estos comentarios me frenó en seco, y no fue el frenazo de un bar nuevo, todo lo contrario. Fue un frenazo indignado, terrible, seco; fue como un insulto a la cara. Fue tan duro que no me quedé ni siquiera con la cara del tipo que supuestamente lo dice. “Siempre invito a mis amigos de Madrid al Día del Pastel de Carne”, reza el cartel. Siempre. Invita a sus amigos. De Madrid. Al Día del Pastel de Carne. Siempre, ojo. Fue una cuchillada trapera. Un dolor intenso en el pecho, una ira visceral que no sabía bien a qué se debía. Menos mal que me pilló cerca de casa, menos mal que el paseo había casi terminado, porque sólo al llegar a casa pude entenderlo. Ese cartel nos engaña, ese cartel es mentira. Nunca, nadie, jamás, ha invitado a sus amigos de Madrid al día del pastel de carne, es algo que sabe cualquier murciano; es algo inverosímil, además de falso. Y eso es lo que irrita. Podemos entender que alguien se equivoque, podemos entender que alguien falle. Pero no entendemos que nos mientan, que nos engañen, es algo que nos duele en el alma. Alguien se ha columpiado al incluir ese comentario, pensé entonces con una sonrisa, y alguien ha dado el visto bueno a ese engaño en el cartel de nuestras fiestas. Sin más. Sin maldad. Y poco a poco se me fue pasando la ira, sobre todo al recordar aquel bar nuevo que había visto en Vistalegre al poco de iniciar el paseo.El Murcia liquidó al filial de Las Palmas con solvencia salmeroniana y con armas propias del grupo IV: gol de rebote y penaltito. Fue un partido tranquilo en el que apenas inquietaron los chavales canarios de un equipo al que, al menos, hay que agradecer eso: que son chavales y son canarios, jóvenes y de la tierra, algo que debería ser norma en un filial pero que suele ser excepción. El Murcia crece, y la sensación es que aún tiene margen para seguir creciendo, sobre todo arriba, donde Chrisantus se hace cada vez más grande, Pedro Martín llega fresco y Ongenda, a partir de ahora, puede dar justo lo que nos falta. Las nóminas no llegan, pero de momento, con Armando y Juanma asentados donde los partidos se cuecen, el murcianismo no lo padece. El fútbol es capaz de sorprendernos así y, a pesar de las hostias por gestionarlo, el Murcia sigue ganando y el murcianismo creciendo y confiando. Pero expectante y preocupado. Porque podemos entender que un defensa se equivoque en un despeje o que un delantero falle solo ante el portero. Incluso que Salmerón falle en un cambio o Deseado en algún fichaje. Entendemos que se tomen decisiones y se fallen. Lo entendemos y lo perdonamos, sin ira. Pero lo que no entendemos, ni perdonamos, es que nos engañen. Esta mañana he salido a pasear para no pensar en los problemas de mi equipo del alma. Hacía una mañana espléndida, con el fresco justo que necesita el nuevo día. Qué luz tenemos, señores, qué bien se nos da la luz, qué buenos somos en eso también. Y me he cruzado con varios carteles que anunciaban las fiestas, nuestras fiestas, que ya están aquí; me he cruzado, finalmente, con el cartel del muchacho que invita a sus amigos de Madrid al día del pastel de carne. Por suerte, al doblar la esquina, de pronto, me he topado con un bar nuevo. Y he entrado, después de la ligera reverencia, he pedido un belmonte y aquí sigo, escribiendo algo sobre los problemas de mi equipo del alma.

Real Murcia: Biel Ribas; Orfila, Molo, Dean, Forniés; David Sánchez; Santi Jara, Juanma (Pallardó), Armando, Pedro Martín; Chrisantus (Elady).

Goles: 1-0 Santi Jara (21'). 2-0 Elady, de penalti (90').

La gran evasión

Alejandro Oliva (@betandtuit)

Granada B, 1; Real Murcia, 2.
Llega otra primavera y, aunque parezca increíble, el Murcia vuelve a tener un plan para fugarse de la Segunda B. Llega otro final de temporada y recuerdo La gran evasión, aquella memorable película de los sesenta que mi padre nos ponía en su primer vídeo VHS, donde una serie de personajes inolvidables intenta escapar de un campo de concentración nazi, cada uno a su manera, más o menos organizada, más o menos desesperada, unos de manera más meditada, otros más apresurada. El paso de los años debería dejarnos cada vez más débiles y desmoralizados, sin fuerzas para intentar huir pero, como aquellos personajes de La gran evasión, nos negamos a aceptar nuestro destino de morir recluidos en el campo de concentración al que nos mandó Tebas. Primero intentamos saltar la alambrada por el grupo norte, a las bravas, casi sin recursos; después hemos intentado cavar túneles por el grupo andaluz, más organizados, con un planteamiento a priori más serio, con mejores herramientas. Pero es muy difícil escapar. Siempre nos terminan pillando, siempre suena el silbato aterrador de los nazis que acaba por volver a atraparnos en un agujero del que sólo escapan cuatro de 80 cada temporada. Tanto en la película como en la Segunda B, la clave parece estar en no perder la esperanza, gestionar el fracaso sin desesperarse, tener la paciencia justa para llegar fuerte a esa oportunidad que se presenta en primavera.

José María Salmerón parece uno de esos tipos pacientes que ha organizado más de una fuga. De los que sabe reunir a los suyos, sin levantar apenas la voz, para explicar su plan: hay que construir un largo túnel durante toda la temporada, con una estructura sólida; rápido, pero sin prisas; un túnel que te permita poder escapar de Segunda B al final de la primavera. En Granada, en una semana turbia en la que el túnel parecía desmoronarse desde dentro del propio club, el Murcia dio un empujón importante en la construcción de su túnel, en una tarde lluviosa y un escenario embarrado que parecía invitar a tirar la toalla. En Granada, el Murcia sintió el impulso del murcianismo, que una vez más demostró que dentro del campo de concentración no ha hecho más que crecer y hacerse fuerte, al contrario de lo que planeó Tebas al recluirnos. El murcianismo se volvió a mojar bajo una lluvia continua, violenta, hijadeputa, y contribuyó a su manera a que el túnel no se desmorone, a que el plan de fuga siga vivo una semana más. Y en Granada, el Murcia, sobre todo, sintió el impulso de una plantilla de futbolistas que parece dispuesta a sacarnos del campo de concentración. En realidad lleva todo el año haciéndolo, aunque a veces el balón no entre y entonces, cómo no, se apela a sus cojones, el órgano más mencionado en las gradas españolas: los cojones, hay que echarle huevos, faltan cojones; el órgano sin duda más sobrevalorado en el fútbol, siempre en boca de todo el que necesita una explicación fácil, qué cojones le han puesto, dicen, cuando en realidad sólo lo dicen porque ganaron el partido. El paso entre tener y no tener cojones suele ser un balón que entra. Y en Granada el balón entró, y Molo pasó de crucificado a héroe, y de repente esta plantilla pasaba a tener cojones. La épica en fútbol es así de arbitraria. El balón entró, y entonces jugadores e hinchas dejamos el pico y la pala, nos limpiamos el barro, sacamos la tierra de los bolsillos, nos abrazamos, felices. El túnel sigue sin desmoronarse, el proyecto sigue vivo. Otro maldito túnel para intentar escapar, este más pacientemente planificado por el maestro Salmerón. Llega otra primavera y, aunque parezca increíble, volvemos a tener un plan de fuga, como en aquella memorable película de los sesenta que mi padre nos ponía en su primer vídeo VHS. Habrá que volver a verla uno de estos días y recordar que alguno de aquellos personajes inolvidables conseguía salir con vida de la Segunda B.

Real Murcia: Biel Ribas, Orfila, Charlie Dean, David Mateos (Pallardó, 63'), Forniés; David Sánchez (Molo, 55'); Santi Jara, Armando, Juanma, Jordan Domínguez (Pedro Martín, 55'); Chrisantus.
Goles: Mateos, de libre directo; y Molo, con algo más que cojones.

Hija de tu padre


Diez asientos vacíos a su alrededor y en todas las direcciones, para fortificarse. Por su camino nadie iba, Victoria, pero de repente vas tú.

Ahora, la escuela de una filosofía, las bases de un desarrollo. Alguien va a poner diez asientos vacíos entre tú y el mundo siempre que lo necesites.

Eres hija de tu padre.


De futbolistas y centrales

[Pie de foto: "No os compliquéis la vida y pasársela a Molinos"]

Alejandro Oliva (@betandtuit)

Real Murcia, 2; Villanovense, 0.
Si el fútbol es la hostia, ser futbolista tiene que ser ya el copón. Creo que sólo me he sentido futbolista un día de mi vida: el día en el que jugué un partido de fútbol a las órdenes de Rafa Marañón, una leyenda. Fue en La Coruña, unas horas antes de que se casara su hijo, en una mañana estupenda de principios de septiembre. Un buen día. Podía parecer la clásica pachanga previa a una boda, pero no, no, era una cosa seria: en la ciudad deportiva del Dépor, con césped en impecables condiciones, once contra once, dimensiones de Riazor, equipaciones completas y árbitro. Y con Marañón de entrenador de nuestro equipo. En su charla, que no duraría mucho más de cinco minutos, aprendí más que en 20 años de abonado a Canal Plus. Nos distribuyó sobre el campo con un riguroso 4-2-3-1 y en tres o cuatro consignas sencillas nos dio las claves para intentar ganar el partido. Porque había que ganarlo, claro. A mí me tocó compartir el centro de la defensa con mi amigo Antonio Pacheco, un genio, con el que había mantenido varias animadas tertulias sobre el fútbol de los 80 y los 90, nuestro fútbol; tertulias que siempre terminaban hablando, curiosamente, del oficio de central, de aquellos Migueli, Benito, Arteche, Górriz o nuestro SuperJuanjo, y de sus herederos ‘modernos’ más dignos, como Javi Navarro o Téllez; de ese tipo de futbolista que sonríe cuando escucha eso de ‘salida limpia de balón’, ese tipo de jugador que quizá no domine el espacio-tiempo, como dice Xavi Hernández, pero que domina todo lo demás. Suelen ser futbolistas que caminan por una delgada línea que te puede llevar de la Segunda B a la selección española sin motivos muy claros. Cosas del fútbol. Existe esa raza especial, la de central, que poco tiene que ver con la de futbolista. Un central de ley debe ser un atleta, ágil, fuerte, potente más que rápido; debe ser contundente y seguro; y, sobre todo, su valor sagrado, concluíamos Pacheco y yo, debe ser la determinación. Un central salta, va al suelo, despeja, golpea al rival, o lo que sea. Pero no duda jamás. Teorizamos en varias tertulias sobre la existencia de esa casta de centrales, con ese conjunto de cualidades que, por supuesto, no teníamos ni Pacheco ni yo. La vida nos hacía aquella mañana un guiño peligroso, un reto jodido. “Venga, teóricos, a ver cómo cojones lo hacéis ahora”. Y el caso es que cumplimos, pero gracias a las consignas de Marañón, sobre todo a aquella que nos dirigió directamente a nosotros: “No os compliquéis la vida nunca y pasársela a Molinos”. Molinos era Fernando Molinos, otra leyenda, más de 300 partidos en Primera División, nuestro mediocentro aquella mañana, que con casi 60 tacos no dejó pasar apenas un balón en aquel campico de Abegondo. Oliva-Pacheco (2): apenas tuvieron trabajo y no se complicaron la vida, cantaban las crónicas durante el aperitivo. Y ganamos, ganamos bien, pero esa es otra historia. De aquella mañana estupenda de septiembre en La Coruña no me queda la victoria, sino la sensación de haber sido futbolista por un día.

Llegaba el Villanovense a Nueva Condomina, donde el Murcia no había marcado en sus tres últimos partidos, números que podían poner nervioso incluso al hincha más tranquilo. Pero no a José María Salmerón, que a pesar de esas dudas ofensivas y de haber encajado sólo un gol en los siete últimos partidos en casa siempre tuvo claras sus preferencias en invierno: quería centrales. ¿Cómo que centrales, José María? Sí, sí, centrales. ¿No prefieres un nueve? Primero, centrales. ¿No quieres el soñado organizador, Salmerón? Quita, quita, hombre. ¿No quieres dos o tres puñales que destrocen defensas? No, qué va, quiero un central. ¿Defensas, José Mari? No, no quiero defensas, ojo. Quiero centrales. Y no quería un central, no. Salmerón fue al mercado de invierno como el que, antes de hacer un arroz, va a la carnicería y dice “mire, no me va a poner un conejo, me va a poner dos conejos”. Y ahí están Molo y Dean. Dos centrales. Porque, en efecto, el Murcia tenía tres o cuatro jugadores que pueden jugar de central, e incluso lo hacían bien de central, o muy bien, como Orfila. El Murcia defendía bien, tenía buena defensa. Pero nos faltaba un central de oficio. Nos faltaba uno de esa raza especial, que poco tiene que ver con la de futbolista. Es algo más allá del fútbol. Nos faltaba un tipo de esos que sabe cambiar la rueda del coche, que se pide la primera copa en cualquier sarao, sin vacilar. La primera y la última. Molo y Dean son ágiles, fuertes, potentes más que rápidos, contundentes, con determinación. Acaban de llegar y ya celebran los goles con más rabia que nadie. Saltan, van al suelo, despejan todo, golpean al rival, o lo que sea. Antes no nos metían goles pero ahora vivimos más tranquilos con esos tipos ahí atrás. Contra el Villanovense volvieron a brillar Armando y Juanma, y Carlos Martínez deslumbró otra vez, y Chrisantus continuó ilusionando. Contra el Villanovense marcaron los dos laterales, impecables, además. Pero yo salí del campo feliz porque ahora tenemos dos centrales de oficio. Y me acordé de las tertulias con mi amigo Pacheco y de aquel buen día en La Coruña, de aquella mañana estupenda de principios de septiembre. Me acordé de Rafa Marañón y del único día en el que me he sentido futbolista. O no. Ahora que lo pienso, lo que me sentí fue central. Desde entonces, intento hacerle caso al míster y complicarme menos la vida, en general. Y lamento en mi día a día, no sabes cómo, no tener siempre por delante a un Molinos al que poder pasarle el balón.


Real Murcia: Biel Ribas; Orfila, Molo, Dean, Forniés; Juanma, Armando; Carlos Martínez, Jordan (Carnicer), Elady (Chrisantus); Pedro Martín (Santi Jara).
Goles: 1-0, Orfila (25'). 2-0, Forniés (85').