El dolor

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Pontevedra, 1 ; Real Murcia, 3.
Imagino que don Francisco decidió ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, quién sabe. "Me voy", diría don Francisco, imagino. Imagino que no lo pensó, que no le dio ni dos vueltas, que ese tipo de decisiones no se piensan, pero ni idea de cómo fue su proceso. El caso es que podía ir a Pontevedra o no ir a Pontevedra y eligió ir. El club Real Murcia recordó a toda la ciudad el pasado verano, en una brillante campaña de abonados, que un equipo de fútbol no se elige, se siente, pero en la vida y en el fútbol a veces también se elige. Y don Francisco, 60 años cumplidos, camiseta grana de #nidiosseraja, sin nadie conocido que lo acompañara, eligió hacer más de 2.000 kilómetros en autobús en 36 horas, eligió no acostarse en una cama durante todo un fin de semana, para ver al Murcia jugar en Pontevedra. Imagino que allí pasó un gran día. Imagino que vio una ciudad amable abrazando a la hinchada rival, unas calles distintas llenas de unas vidas parecidas, un ambiente en Pasarón precioso de eliminatoria, de ser o no ser, de fútbol auténtico. No necesito imaginar, porque lo sé, que también vio a tres o cuatro desgraciados maltratar y esposar a un murcianista sin motivo alguno, en una escena brutal que deja un sabor amargo a cualquiera que la viva, un sabor de derrota tan absoluta que dan ganas de abandonar el fútbol y todo lo demás. Don Francisco vio lo peor y lo mejor de este mundo, vivió ese pulso entre aceptarlo o no que el cabrón de Faulkner planteó en una frase de Las Palmeras Salvajes: "Entre el dolor y la nada, elijo el dolor". Imagino a su familia llamándolo loco al marchar a las 12 de la noche y llamándolo loco al volver a comer el domingo. Imagino, porque lo vi medio dormitar dos noches enteras, que llegó a su casa roto, dolorido, los pies hinchados como si hubiera ido andando, con la sensación de tener cinco o seis rodillas maltrechas, sin espalda y con el cuello del revés, porque lo vi cabecear varias veces como Víctor Curto, pero al vacío. Imagino que llegó a casa roto, porque lo vi bajar del autobús roto y feliz, como todos, pero con 60 años encima. Pero entre el dolor y la nada, había elegido el dolor. Como el Murcia, el puto Murcia, que una temporada más llega a estas semanas agarrado a la vida para seguir siendo.

Dice La Biblia, que diga bdfutbol.com, que Vicente Mir Arnau mide 1,73 metros, pero Vicente salió de Pasarón convertido en un gigante, en un ser casi mitológico, en el tío más alto de Valencia, al menos. 1,80 mínimo, Vicente, joder; menuda liaste en Pontevedra, Vicente. Dicen que no hay que cambiar lo que funciona, que si va bien algo ni tocarlo, pero sólo si no se tienen cojones, pareció decirnos Vicente en Pontevedra, que casi revolucionó un equipo que funcionaba. Qué tío, Vicente, estudioso de cada rival, de cada campo, de cada detalle. “Hay un jugador con manga larga: vamos a ver cómo influye en el partido”, decía Carlos Salvador Bilardo, y así parece actuar Vicente, con todo tan controlado que sacó en Pasarón un equipo lleno de centrocampistas que funcionó a la perfección, empequeñeció al Pontevedra y contó con el acierto habitual de los dos de arriba. Sólo un penalti inventado, algo quizá tan habitual como el acierto de los de arriba, mantiene viva la eliminatoria. El Murcia dio una alegría al murcianismo, una alegría en primavera, por fin, la primera de un camino tan largo que apetece vivirlo, aunque pueda llegar a doler mucho. Pero no importará, hemos elegido que duela. Como don Francisco, al que imagino decidiendo ir a Pontevedra en cuanto se enteró de que había un Pontevedra, al escuchar el sorteo, la misma tarde del lunes, tal vez, o al verlo en el periódico al día siguiente, imagino. Lo que no necesito imaginar, porque lo sé, es el motivo que dio para hacer ese viaje cuando le preguntaron por qué, Paco, por qué a Pontevedra, hombre, por qué. Don Francisco sólo dijo que iba por si le pasaba algo y era la última vez que podía ver al Murcia. Sin más. A veces, detrás de la locura más grande está la decisión más sensata. El dolor antes que la nada. El cabrón de Faulkner y el puto Murcia, que se agarra una temporada más a la vida para seguir siendo.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar (José Ruiz 80'); Javi Saura (Diego Benito 65'), David Sánchez, Armando, Adrián Cruz; Víctor Curto (Elady 86') y Sergi Guardiola.
Goles: 0-1 Víctor Curto (20'); 0-2 Sergi Guardiola (39'); 0-3 Víctor Curto (50'); 1-3 Bonilla (79', de un penalti que pitaron).

Ni dios se raja


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 3 ; Extremadura, 0.
Hay que ser muy imbécil para pensar que una persona es mejor que otra por ser de un determinado equipo de fútbol. Hay que ser muy imbécil, o muy nacionalista, en caso de que no sea lo mismo, para simpatizar con alguien sólo por ser del mismo equipo que tú. ¿Cómo voy a simpatizar con un cretino, por muy de mi equipo que sea? Puedo simpatizar con un hincha de mi equipo, claro, pero también puede que no. Con quien suelo simpatizar siempre, en cambio, es con todo el que quiere a su equipo como yo quiero al mío. Lo decisivo es una manera de querer, en el fondo, más allá de aquello que queremos. Y es una manera de querer en la que hay pasión, hay alegría y entrega, hay respeto y humildad y tenacidad, y, sobre todo, hay incondicionalidad. Hay algo que une a todos los que quieren así a su equipo, sea el equipo que sea; a los que son de un equipo, y sólo de uno, pero, a la vez, son un poco de todos los equipos de fútbol del mundo. De todos los que son queridos así, claro. Imagino a Javier Orive llegando a Murcia en 2004 y mirando sorprendido las maneras de querer más frecuentes de esta tierra, esas maneras de querer a sus equipos tan propias de esta zona de España. Sin dejar de hablar y de opinar, como era él, pero mirando sorprendido el desapego, la distancia; el abandono tras la derrota, o incluso antes de que llegue, para no vivirla; la inconstancia, la prepotencia absurda, el desprecio al rival. Es una manera de querer lícita, como cualquier otra, pero yo prefiero no dedicar ni una línea a los que quieren de esa manera. Imagino a Orive así, aprendiendo Murcia como una esponja, observando Murcia. Orive era de los equipos de su tierra, Vitoria, y de algún otro, pero Orive era sobre todo una manera de querer: apasionada, tenaz, alegre y respetuosa. Sin engaño ni impostura, porque no hay nada más falso que un periodista jugando a ser hincha. No existe el periodismo de bufanda, existe el buen periodismo, el no tan bueno y existe también la mierda esa que tanto se lleva ahora. Pero siempre habrá periodistas que interpretan la realidad, que se atreven a hacerlo, periodistas que sienten y hacen sentir. Orive lo conseguía. Lo escuché mucho, pero lo conocí poco. Aplazamos varias veces el café pendiente que siempre tendremos. Que quede claro que todo es una gran mierda, que no hay consuelo posible cuando alguien se marcha así, a los 45 años y sin avisar. No hay consuelo, pero al menos hay que buscarlo. 

A Orive le hubiera encantado un apasionado como Mir, que frente al Extremadura, en un extraño partido que de pronto parecía sobrar del calendario, reservó jugadores, muchos, pero fue lo único que reservó. Mir fue por el partido como siempre, para no perder la dinámica con la que llegará el equipo a la fase de ascenso y, de paso, para quedar lo más arriba posible. A Orive le hubiera encantado Mir y a Mir le hubiera encantado Orive, su alegría, su valentía, su voz, su contagiosa manera de querer. Orive era de los equipos de su tierra, y por eso, cuando su tierra fue Murcia, fue del Murcia y del CB Murcia. Lo sentía y lo hizo sentir, en los momentos más difíciles de los dos equipos, además. Había observado Murcia, había aprendido Murcia. Sabía de nuestra tendencia al desapego, al abandono, a la inconstancia, y por eso gritó ese brillante #nidiosseraja que desde entonces ha guiado al Murcia. Pero más allá del pescado que regaló, lo mejor de Orive fue que enseñó a pescar. Enseñó a querer a toda una generación de murcianistas, e incluso diría que también mostró otro camino a toda una generación de periodistas murcianos. Que quede claro que todo es una gran mierda, que no hay consuelo posible. Pero al menos hay que buscarlo. Hace un año, volviendo de Toledo, nos enteramos de que Orive se había ido para siempre, pero esta semana nos vamos a Pontevedra, a intentarlo de nuevo, y tenemos la sensación de que Orive viaja con nosotros, en cada autobús, en cada murcianista, su pasión, su voz, su alegría, su constancia. La sensación de que, aunque no haya consuelo, se le echa tanto de menos, se le recordará tanto, que Orive se queda para siempre y nos va a acompañar hasta el final.

Real Murcia: Diego Rivas; José Ruiz, Morante, Borja Gómez, Alberto López; Alarcón (Diego Benito), Saura, Adrián Cruz, Rubén Ramos (Andrés); Elady y Guardiola (Curto).
Goles: 1-0, Rubén Ramos (31'). 2-0, Guardiola (37'). 3-0, Curto (84').

Un pesado


Alejandro Oliva [@betandtuit]

La Roda CF, 0 ; Real Murcia, 4.
En La Roda me tocó un pesado a mi lado. Un pesado de los buenos, un pesado de categoría, un palicero, un plasta. La Roda estaba marcado en rojo desde hacía meses como el desplazamiento perfecto, y todo estaba preparado con mimo durante la semana previa para que nada saliera mal en el primer viaje de mi hijo como hincha. Y allí estaba Martín, en La Roda, con su camiseta del Murcia y el pelo algo revuelto, felizmente inconsciente de la importancia del partido. Pero todo se viene abajo si justo antes del pitido inicial se sienta un pesado a tu lado. Es algo que también puede sucederte en el tren, en la mesa de una boda o en la vida. Este era uno de esos tipos que lo saben todo, pero que sin embargo también lo preguntan todo, y a continuación, como lo saben todo, se responden a todo. Un pesado de categoría, vamos. Pero con fundamento, acaso como todo buen pesado. Había visto al Murcia de los 80 y al de los 90; había vivido el fútbol como locutor y como jugador de Tercera; como empresario y hasta como camillero. Estaba convencido de que La Roda estaba primada, pero, como buen pesado, también parecía dispuesto a expresar lo contrario. Era un pesado de categoría, pero de pronto, su discurso basado en que nadie podía darle lecciones de murcianismo -nadie quería dárselas, por otro lado- fue, además de pesado, sincero: él no había estado siempre, él estaba en La Roda viendo al Murcia en Segunda B pero, en más de una ocasión que no especificó, había abandonado al Murcia. Y entonces señaló la grada lateral, completamente teñida de grana el domingo, y dijo algo con sentido: el Murcia seguía vivo porque ellos nunca habían fallado. Después justificó sus ausencias -Garrido y Samper, el maltrato a la afición, los disgustos-, pero yo ya no podía dejar de mirar hacia aquella grada teñida de grana. Y pensé en esos tipos que en los últimos años se han montado en su coche con su bandera y la han colocado en Langreo o en Coruxo; en Villaviciosa, en Tanos, en Melilla; en Astorga, Arroyo de la Miel o Lepe. En verano o en invierno; con nada o con todo en juego. Cuando no era uno era otro, imagino, pero jamás ha estado el Murcia solo, en un gesto auténtico, casi rebelde, de esos que no sirven para nada pero significan mucho.

El partido en La Roda fue mucho más duro de lo que el pesimista más cenizo podía imaginar. Como también sucede en el tren o en la mesa de una boda, nos había tocado enfrente un pesado, un equipo fuerte que apenas dejaba jugar. Mir repitió el 4-4-2 más clásico y al Murcia volvió a costarle llegar, como en Jaén o en Sanlúcar, hasta el punto de que ya antes del descanso el míster reaccionó y metió en el campo esa chispa que aporta Elady. En el descanso había preocupación en la grada, porque no sólo faltaban goles, faltaban ocasiones. Nadie había contemplado no ganar en casa del colista ya descendido. Y entonces, como para darle la razón al pesado, apareció para mantener vivo al Murcia uno de los que nunca falla. Armando Ortiz Abellán había buscado ese gol durante todo el año, más suelto en ataque esta temporada, siempre atento al disparo desde fuera del área, pero tuvo el acierto de colocarla dentro, imposible para el portero, justo en La Roda. Armando siempre está. Armando ha sido objeto de un debate absurdo, porque no admite discusión. Armando ha jugado más de 30 partidos de mediocentro en las últimas cuatro temporadas en Segunda B y ha sido segundo con La Hoya en el grupo IV, segundo con el Murcia en el grupo I y en el IV, y segundo, tercero o cuarto este año con el Murcia, de nuevo en el IV. Y más allá de los números, la sensación de que cuando Armando no juega es más fácil que el Murcia pierda. Armando abrió la lata y después todo fue más fácil. El partido se convirtió en un homenaje a esa grada teñida de grana que cantaba ese que sí, joder, que vamos a ascender tan imposible para algunos hace un par de meses. Un homenaje a esa afición desplazada, a los que nunca han fallado pero también a los que alguna vez han abandonado. Por la noche se confirmaba que estaremos entre los cuatro primeros, que el Mérida no nos podrá alcanzar gracias a aquel 2-0 de agosto del Murcia de Jon Iru y Borjas. El Murcia es de los que nunca fallan y de los que alguna vez abandonaron, el Murcia es de todos los que han sumado, cada uno a su manera, a mantener vivo el escudo. Quizá se lo comente al pesado, al que terminé por cogerle cariño, si vuelvo a verlo alguna vez. Quién sabe. Se levantó tras el cuarto gol, me ofreció un miguelito para Martín, me dio un abrazo y se marchó para evitar el atasco de la salida. Faltaban diez minutos, pero el partido había terminado. Sólo quedaba escuchar de fondo, junto a Martín, con su camiseta del Murcia y su pelo algo revuelto, cómo la grada entonaba ese cántico tan imposible para algunos hace un par de meses. Que sí, joder. Que vamos a vivir.

Real Murcia: Simón, Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Rayco (Diego Benito, 73'), Roberto Alarcón (Elady 35'); Sergio Guardiola (Adrián Cruz, 79') y Víctor Curto.
Goles: 0-1, Armando (57'). 0-2, Elady (64'). 0-3, Elady (65'). 0-4, Diego Benito (83').


La rutina

George Clooney interpreta al capitán Billy Thyne en La tormenta perfecta

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Atlético Sanluqueño, 1 ; Real Murcia, 3.
«La niebla se levanta. Y entonces sueltas amarras. Sales del canal sur, pasas por Rocky Neck, cerca de la Isla Ten Pound. Te acercas a la altura del estanque Niles, donde yo patinaba de crío. Haces sonar la sirena y saludas al hijo del farero de la Isla Thatcher. Luego aparecen las aves: las gaviotas de espalda negra, las gaviotas argénteas, los pelícanos. Sale el sol, y navegas rumbo al norte. Navegas a toda máquina. Los chicos faenan y tú estás al mando. Eres patrón de un maldito barco de pesca. ¿Hay algo mejor en el mundo?». Lo dice el capitán Billy Thyne poco antes de sufrir La tormenta perfecta y lo dice tan bien que dan ganas de embarcarse con él donde sea. Hay algo extraordinario en lo ordinario cuando se repite una y otra vez, hay belleza en la rutina. Preparar el desayuno del fin de semana o dar un determinado paseo diario tiene el misterio de lo sencillo, algo sólido que nos ayuda a seguir adelante en un mundo frágil, a sobrellevar nuestro destino, o a olvidarlo, tal vez. Esa rutina envuelve al hincha semana tras semana durante toda la temporada, en un ritual que se acentúa en los partidos decisivos. Nos levantamos pronto e inquietos, vamos al baño con más frecuencia, comemos nerviosos y bebemos más que de costumbre, apenas podemos dormir la siesta. Pensamos en el once mientras nos ponemos la bufanda. Llega mayo y el sol se extiende más allá de la tarde, hasta el pitido final. Es la luz de los partidos a vida o muerte, una luz que parece inyectar optimismo. Entramos al campo y el ruido de la grada nos deja la mente en silencio. Deseamos que empiece. Y que no termine de empezar nunca. En las miradas de los compañeros hay esperanza, hay miedo, hay pasión, hay tragedia. Es uno de esos partidos que te quitan y te dan la vida. Juega nuestro equipo. ¿Hay algo mejor en el mundo? 

Vicente Mir, el patrón de nuestro maldito barco de pesca, optó por repetir equipo en el escenario más difícil. Sanlúcar olía a primera final de verdad. Y olía bien al principio, aunque luego lo vimos mal, pero con el penalti bien de nuevo al descanso, hasta su empate, cuando lo vimos perdido. En efecto, era uno de esos partidos que te quitan y te dan la vida. Quedaban 20 minutos y el futuro de este Murcia 2017 parecía quedarse en El Palmar de Sanlúcar de Barrameda. Pero cuando ya sólo planeaban miedos, dudas sobre la intensidad y otras lamentaciones, volvió a aparecer Guardiola. A veces, los cojones y la garra de todo un grupo se juzgan por la precisión de un delantero: así funciona la justicia y la ira de las aficiones. El Murcia ganaba en Sanlúcar y de pronto, como en La tormenta perfecta, todos los elementos se han reunido para creer. Los hombres del tiempo, que llevaban todo el año pronosticando lluvias, están optimistas, casi eufóricos: el Murcia es candidato, incluso el mejor candidato, el calendario es fácil, el Murcia puede ser segundo, el campo se llenará en playoffs y ningún rival de otros grupos da miedo, el Murcia es el Murcia, el Murcia ha vuelto, el Murcia llega y llega como hay que llegar. Los hombres del tiempo son optimistas, pero para el hincha el ritual será el mismo en estos partidos que te quitan y te dan la vida. La niebla se levanta y soltamos amarras, hacemos sonar la sirena, saludamos al hijo del farero y navegamos a toda máquina. Pensaremos en el once mientras nos ponemos la bufanda. Llega mayo y el sol se extiende más allá de la tarde, hasta el pitido final. Es la luz de los partidos a vida o muerte. Juega el Murcia. ¿Hay algo mejor en el mundo?

Real Murcia: Simón, Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; David Sánchez, Armando, Rayco, Roberto Alarcón (Elady, 74'); Sergio Guardiola (Alberto López, 90') y Víctor Curto (Borja Gómez, 85').
Goles: 0-1 (Víctor Curto, 38'), 1-1 (Mawi, 70'), 1-2 (Sergio Guardiola, 80'), 1-3 (Rayco, 83').

La Palabra

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 2 ; El Ejido, 0.
Terminó el partido entre el Barcelona y el PSG y el comentarista llamado Jorge Valdano sentenció algo así como que era el triunfo de la liga española, otro triunfo de la mejor liga del mundo, subrayó, y entonces pensé en la cantidad de dinero que habrá que pagarle a un tipo listo y sensato como él para decir semejante idiotez después de un partido así. Otros expertos o periodistas, que hace un tiempo respetamos e incluso admiramos, apoyan de manera similar, sin ninguna crítica y con menos pudor, ese producto, que no deporte. Se trata de un negocio sostenido ahora por las casas de apuestas (por nosotros, como todos los negocios), que a su vez sostienen los millonarios contratos televisivos impulsados por un nacionalista español de ultraderecha y un nacionalista catalán de ultraizquierda que se encontraron en el neoliberalismo para abrazarse y forrarse juntos. Lo han hecho muy bien, hay que reconocerlo, muy bien para forrarse; y es seguro que si no lo hubieran hecho ellos lo hubieran hecho otros. Han comprado el fútbol y ahora tienen que venderlo: es un producto, es un negocio. Tienen toda la maquinaria del sistema a su favor, toda la ideología del mercado empujando, todos los predicadores sentenciando sus bondades a sueldo. El odio al fútbol moderno no es odio al fútbol actual, sino a a ese producto que han fabricado, que compran y venden mientras los equipos pequeños mueren o agonizan en estadios vacíos. Es la ley del mercado, por otro lado, igual o parecida a la de todos los sectores. Pero su fútbol se ha alejado tanto del nuestro que lo hemos rechazado. Entre su fútbol y el nuestro ya no hay apenas conexiones, de modo que deberíamos negociar quién se queda con la palabra fútbol, porque ya no es que representen conceptos diferentes, es que representan conceptos opuestos. Deberíamos negociar quién se queda con la palabra, pero nosotros nunca hemos negociado bien nada. Vamos a regalársela, en todo caso. 

El Murcia de Mir se plantó de manera más convencional el domingo: sin Benito y con Alarcón fue algo más directo y previsible, pero aun así debió irse al descanso con ventaja ante un buen El Ejido que también asustó un par de veces. Pero fue nada más empezar la segunda parte cuando el 1-0 fue algo más que un 1-0. Marcó Josema, rápido y certero en el área como siempre, y el videomarcador se iluminó como en los años 80, con ese intermitente GOL GOL GOL que nos encendía en La Condomina vieja. Y el que lo había vivido se emocionaba, y el que no lo había vivido lo escuchaba del que lo había vivido, que a su vez recordaba a los que ya no pueden vivirlo. El videomarcador se iluminó y el Murcia volvió a unir a varias generaciones en un instante. Fue un detalle lleno de fútbol y de vida, de nuestro fútbol. Después marco Guardiola, en uno de esos goles que te hacen creer aún más que este año tenemos algo que no teníamos en los dos anteriores. Y el marcador volvió a iluminarse, como con Figueroa, con Manolo o con Juan Comas. Ganamos 2-0 y, aunque por fin estábamos entre los cuatro primeros, no nos fuimos contentos. Porque poco antes de terminar el encuentro, el tobillo de Isi se torció, y con él se torció toda la tarde. Queremos subir, pero queríamos subir con Isi en el campo, porque con Isi en el campo están presentes estos tres años agridulces de supervivencia, con Isi en el campo estamos un poco nosotros en el campo. Porque no es un producto, no es un negocio. Es fútbol. Y es algo totalmente diferente a lo que nos venden. Deberíamos negociar quién se queda con la palabra, pero nosotros nunca hemos negociado bien nada. Vamos a regalársela. O a lucharla, en todo caso.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Golobart, Josema, Pumar; Rayco (Isi, 62' -Rubén Ramos, 81'-), Armando, David Sánchez, Alarcón; Guardiola y Curto (Juanma, 77').
Goles: 1-0 (Josema, 47'). 2-0 (Guardiola, 63').

La espera

Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Jaén, 0 ; Real Murcia, 0
Esperábamos Jaén ilusionados, pero en Jaén no pasó nada. Sólo pasó la semana, el fin de semana, la jornada de liga. Y seguimos a la espera, que puede que sea mejor que cualquier otra cosa en la vida. “Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar”, dice un proverbio japonés de esos, y el fútbol, también para esto de la espera, es pura vida. Hay quien cree que la liga se juega los fines de semana, cuando hay partido, pero no, no: la liga se juega, la liga se vive, sobre todo durante esos días en los que no hay partido, en ese lento transcurrir de la semana, en esa eternidad en la que el próximo partido parece no llegar nunca. El hincha muere en verano, se queda sin aire y sin vida, pero no es porque el fin de semana no haya partido de fútbol, sino porque no espera el partido de fútbol durante la semana. Eso es lo que te quita la vida durante esos meses. Ser de un equipo de fútbol es algo así como esperar el próximo partido. Como tener esperanza.

En Jaén no pasó nada, sólo una jornada más. Un 0-0 en el partido más difícil que quedaba, una imagen sólida en defensa muy necesaria para lo que queda, un punto que nos mantiene a la espera; a la espera de por fin entrar entre los cuatro primeros. En Jaén no pasó prácticamente nada, pero pasó la semana y la jornada, y eso dividió al murcianismo entre los que lo ven más lejos y los que lo ven más cerca. “La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo”, y eso no lo dice un proverbio japonés de esos, sino un escritor belga, Maurice Maeterlinck. Los que saben, pero no saben nada, según el escritor belga, ven el objetivo jodido; los que ignoramos todo lo vemos cada vez más cerca. Pero en el lento transcurrir de la semana, en esa eternidad en la que el próximo partido parece no llegar nunca, en esos días en los que no hay partido pero sí hay liga, el murcianismo se volverá a unir, casi sin darse cuenta. Porque ser de un equipo de fútbol es algo así como tener esperanza.

Real Murcia: Simón, José Ruiz, Golobart, Josema, Pumar (Juanjo, 45'); David Sánchez, Armando, Diego Benito (Isi, 45'); Rayco (Alarcón, 74'), Víctor Curto y Guardiola.
Goles: Nada.

Depredadores


Alejandro Oliva [@betandtuit]

Real Murcia, 3 ; Mancha Real, 1
Se dramatiza demasiado con eso de bajar de categoría, con el hecho en sí, el día trágico, las lágrimas, el pozo o el infierno; la desolación. Pero lo peor no es bajar, sino estar. Lo peor es lo jodido que es volver. Lo vemos en Segunda, en todos esos equipos que bajan después de estar muchos años en Primera, entre los grandes y guapos. El choque siempre es terrible, por mucho que vayan sobre aviso: en Segunda los equipos no sólo son feos y bajitos, es que son jodidos, son competitivos. Lo están viendo en Zaragoza y en Mallorca; lo han visto en Gijón o en Pamplona; lo han vivido el Betis, la Real Sociedad y hasta el Atléti. Bajan y se ven atacados, de repente, por todos los tópicos del mundo del fútbol: no hay enemigo pequeño, el fútbol son once contra once, con el nombre no se ganan partidos, incluso por el impecable fútbol es fútbol. Son equipos feos, son jodidos, son competitivos. Alguno puede pensar que el descenso a Segunda B puede ser distinto, un alivio al menos donde imponer tu grandeza sea algo más fácil. Pero no. En Segunda B también son jodidos y competitivos, y además son más feos. Los cabrones. La Segunda B es una selva frondosa, llena de trampas y de equipos sin nombre, o incluso con nombre simpático, en la que si no eres depredador eres su presa. La Segunda B te come la moral desde el principio, cuando tienes claro que sólo cuatro de los 80 equipos saldrán de allí, sólo cuatro, que encima deben ser fuertes todo el año y, sobre todo, en primavera. Te come la moral desde el principio y te va cogiendo cariño, hasta susurrarte al oído que cuanto más tiempo pases allí más difícil será salir de esa maldita selva, en la que terminas por perderte, por volverte loco, si es que no acaba antes contigo.

El Mancha Real de Nueva Condomina mostró en 90 minutos la cruda realidad de la Segunda B. Equipo feo con nombre simpático, antepenúltimo en la tabla, casi hundido, casi descendido, el Mancha Real dio la cara en todo el partido, jugó bien, asustó incluso con uno menos a este Murcia enrachado, y pegó todo lo que se puede pegar y un poco más. Jodidos, competitivos. Los cabrones. Pero el Murcia fichó en invierno, sobre todo, instinto depredador, lo más necesario para salir de la selva. El primer balón que llegó al área encontró a Guardiola y gol; el último balón de la primera parte fue a parar a Curto y gol. Incluso el primer balón que llegó a la rueda de prensa encontró un depredador: "Nos han hecho un gol a balón parado y eso no me gusta", señaló Vicente Mir, que es el gran depredador del Murcia, el que sabe que ningún equipo sube encajando goles en faltas laterales, el que parece conocer todas las trampas para salir vivo de esta selva. Pero el protagonista del partido, sin embargo, fue Pumar, la presa favorita del murcianismo más crítico, ese que contempla callado a Kike García triunfar en Primera. Fernando Pumar llegó al Murcia en Segunda en el verano del 2014 y ha vivido con nosotros todo lo que vino después. El capitán simboliza mucho de este equipo perseguido, que se abre paso en la selva, que sobrevive domingo tras domingo, entre depredadores y algún carroñero que espera en silencio nuestra muerte. Los números dicen que perdemos cuando no juega; los partidos muestran que es un jugador decisivo en ataque siempre. El domingo volvió a serlo: dio dos goles y marcó el tercero de un disparo soberbio. El gol de Pumar, por fin, pensamos. Pero no. En la celebración reposada del capitán, puño cerrado y grito de rabia contenida, vimos que ese todavía no era el gol de Pumar. Su gol ya sólo puede ser nuestro gol, ese con el que soñamos a diario, y es el gol que repara la injusticia del verano del 2014, la que cometieron nuestros depredadores y quién sabe si algún carroñero que espera en silencio nuestra muerte.

Real Murcia: Simón; Juanjo, Borja Gómez, Josema, Pumar; Rayco (Elady), Armando, Juanma (Saura), Diego Benito; Guardiola y Curto (Isi).
Goles: 1-0 (Guardiola, 2'). 2-0 (Curto, 42'). 2-1 (Romero, 74'). 3-1 (Pumar, 78').