Pretemporada 2002: Carta de Vidal a los jugadores


Desclasificación de documentos. Expediente 023929102. Alto secreto.

Es julio de 2002. El Murcia viene de salvarse del descenso a Segunda B en la última jornada de la temporada anterior ante el Jaén, y no son pocos los que de cara a la 2002/03 se conforman con una permanencia relativamente tranquila en Segunda. Quedan pocos días para que todo eche a rodar, y David Vidal envía una carta a sus futbolistas.






Consecuencias históricas de la carta: 

79 puntos. Campeones. A Primera con la picha fuera.


Expediente cerrado.


Una pausa


Las crónicas, 1; Nosotros, 0.
Fíjate si necesitaremos una pausa, que en los dos últimos minutos de partido hemos pedido el cambio para perder tiempo.

Nosotros: Alejandro Oliva (Yayo Delgado, 88') y Luis María Valero (Alejandro Gómez Morata, 89').
Goles: 1-0 (José Antonio Fatiga, 23')

Ensalada de wakame


Luis María Valero [@mondo_moyano]

Real Murcia, 2; Granada B, 1
Un partido inesperado he jugado hoy en la barra del Alborada, que es la barra que me salvó la vida este verano, la barra a la que probablemente debo la supervivencia a la pasada edición del verano murciano, porque el verano murciano quiso matarme, lógicamente, igual que quiere matar siempre a todos. Un segundo partido he jugado, más personal, después del partido del Murcia, el fundamental, el que calmó a los que nos exigían estar las 38 jornadas de Liga en playoff. He jugado un partido que no sabía que tendría que jugar, pero que efectivamente se me ha planteado en cuanto me he sentado en el taburete del extremo oriental de la barra del Alborada. A mi lado se situaba ya mi rival, que me estaba esperando. Era un veterano de esa barra, de los que hace mucho tiempo que se sacó la plaza. Calvo, rasgos afilados, enjuto pero enérgico, pantalones cortos Lacoste de color caqui, ese color triste que nos acecha y nos estará esperando a todos si es que llegamos a determinada edad. Taburete con taburete, mi enemigo y yo. Él mirando al frente, y al frente mirando yo. Entre sus manos, ya arrugadas, él sostenía la carta y la miraba fijamente, como si no se la supiera ya de memoria. Está mirando la carta con la inocencia de un bebé, eso pensaba yo. Está mirando la carta como si debutara. Todo un profesional, de los que concede a cada partido la máxima importancia. Que yo debía pedir primero, me decía sin palabras, que yo debía sacar, y que luego él haría su jugada, es decir, que luego pediría él. Un hojeo paralelo, se vivió entonces en el sector más oriental de la barra del Alborada, dos humanos inspeccionando, dos humanos preparando su jugada, de entre las muchas jugadas que pueden escogerse en el Alborada. No había investigado yo ni 30 segundos cuando dejé la carta sobre la barra: ya había decidido. Quería ser Paco García en esa barra, quería ser nuestro (valiente) entrenador. Quería ser también Diego Benito, levantar la mano, quererlas al pie, atreverme a rasearla para que, al final, Borjas Martín pudiera ser feliz. Yo quería proponer. Yo quería salir con el balón jugado desde el extremo oriental de la barra del Alborada, por eso llamé al camarero y le dije que sí, que ya lo tenía claro: yo quería ensalada de wakame con crujiente de gambas, tomates cherry y salsa de soja; y después, un tartar de salmón con aguacate. Mi jugada estaba hecha, ésa había sido mi apuesta, porque a mí no me gusta todavía el color caqui.

Mi rival me escuchó con absoluta claridad. Él había asistido impasible a mi jugada, y ahora era su turno. Con total parsimonia cerró la carta, la tumbó en la barra y llamó al camarero. Cuántas veces habrá llevado a cabo esos gestos, me pregunté. Ya había tomado su decisión, el camarero comenzó a dar pasos hacia él. Había un silencio tenso, e incluso diría que el humano que él tenía a su izquierda estaba ya mirándonos, pendiente del combate, con su montadito de solomillo completamente desatendido. Mi enemigo comenzó entonces a despegar los labios, y expresó su voluntad: "Quiero una tortilla francesa, con patatas fritas". Maestro, me dije. Es un maestro. La ensalada de wakame y el tartar estaban riquísimos, pero no me cuesta reconocer la derrota: él venció claramente ese partido.

Y me ocurre últimamente que ya no me acuerdo bien de las cosas que me pasan. Pero diría que en los postres, mientras me aferraba a la felicidad que te trae siempre un higo chumbo, el tipo se me acercó, me dio una palmada en el hombro y me dijo: "Sí, sí, socio... el wakame está riquísimo... pero para subir vas a necesitar a Armando... para subir vas a necesitar tortillas francesas".

Real Murcia: Diego Rivas; José Ruiz, Pumar, Golobart, Armando, Jaume, Titi, Saura (Iru, 83'), Borjas, Diego Benito (Alarcón, 66') e Isi (Paris, 76').
Goles: 1-0 (Borjas Martín, 32'), 2-0 (Borjas Martín, 69'), 2-1 (Malle, 78').

El proceso

 

Balompédica Linense, 3; Real Murcia, 1
Carver se lo preguntaba en ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’, aunque al final la única respuesta estaba en el ruido silencioso que flota cuando se termina la ginebra. Pero algunos se toman muy en serio la pregunta y siguen dándole vueltas a la naturaleza del amor. Como ante cualquier cuestión, la gente parece dividirse en dos bandos: los del destello apasionado, eso que llaman amor a primera vista o flechazo; y los del amor elaborado, más serio; un amor forjado a largo plazo, que crece y se enriquece, más formalico. El amor como si fuera un proceso, visto como “una secuencia de pasos dispuesta con algún tipo de lógica enfocados a lograr algún resultado específico”, como mecanismo diseñado para eliminar problemas y tener cierta seguridad. Un proceso se explica. Un proceso se puede intentar controlar y eso da menos miedo. Es un amor racional, que mantiene su lucha eterna con el que nace de las entrañas. Yo no tengo las cosas muy claras y, quizá como Carver, creo que lo único importante es saber de qué estamos hablando.

Escuché la Balona-Real Murcia con la radio apagada, y quizá por eso terminé preguntándome por la naturaleza de un partido de fútbol. La lectura clásica nos ha empujado siempre a ver los partidos como procesos: como secuencias de pasos con algún tipo de lógica para lograr un resultado específico, y así quizá poder comprenderlos, incluso explicarlos. Si son procesos dan menos miedo. Paco García salió con otro plan: sin medias tintas (si Benito no va a dominar el partido, como en Jumilla, mejor sin Benito, debió pensar) y con más contundencia arriba. Y el plan funcionó en la primera parte. El silencio de la radio, las declaraciones posteriores y las crónicas hablaron de un Murcia mejor, probablemente ganador si los partidos fueran procesos. Pero en el fútbol moderno, profesionalizado, rocoso, tecnificado, casi todos los partidos suelen ser destellos. El Murcia la tuvo y nada, el Murcia la tuvo y nada, la Balona la tuvo y gol. No hay más proceso ni explicación que la del destello apasionado en el área, el flechazo; algo que el Murcia de este año, de momento, no está dominando. Pero lo importante es saber de qué estamos hablando. Saber que no debemos confundir un partido, ni cinco, ni veinte, con una trayectoria, una temporada, un futuro, que sí debe formar parte de un proceso, como bien sabe Paco García, enamorado de ese concepto (“el objetivo es el proceso, hacer las cosas bien durante el proceso”). No recuerdo cómo llegué a querer al Murcia, si fue un amor a primera vista o algo más elaborado, aunque me temo que al Murcia sólo se le quiere desde las entrañas. No estoy seguro de cómo fue, pero sí de que hay que agarrarse al Bielsa del Barrio del Carmen por muchas derrotas que lleguen, a su idea, a su proyecto de un Murcia que siga haciéndonos sentir que hay algo más allá del ruido silencioso que flota cuando se termina la ginebra.

Real Murcia: Diego Rivas, Paris Adot, Jaume Sobregrau, Román Golobart, Pumar, Jon Iru (Diego Benito, 67'), Armando, Titi, Isi, Borjas (Nacho Pérez, 75') y Wilson Cuero (Roberto Alarcón, 31').
Goles: puff.

El pasado y el futuro


Alejandro Oliva  [@betandtuit] 

Real Murcia, 0; Melilla, 0.
La consolidación definitiva en Segunda B, los nuevos precios de los abonos y el cierre de la grada lateral han regenerado esta temporada casi todo el universo nuevocondominero. En general, siempre viene bien que entre aire fresco. Este estadio, además, y a pesar de su juventud, empezó pronto a oler a rancio. A mi pequeño trozo de grada, en ese mundo propio que supone cada trozo de grada, han llegado novedades por detrás y por delante. Atrás, tres o cuatro aficionados serios de mediana edad, en principio animados con el Murcia de Paco, pero que pronto dejaron dudas sobre el estilo de Paco: así no se puede jugar en Segunda B, oí el primer día; mucho toque, pero sin profundidad, el segundo. En la fila de delante, un tipo algo más joven, fino, elegante con su polico, incluso guapo, me atrevería a decir sin haberlo visto bien. En las dos primeras jornadas le acompañó su hijo, de unos 5 años, y cuando marcó Roberto Alarcón contra el Lorca el niño enloqueció, como con un gol de ascenso, y nos transmitió su emoción de esa manera que sólo un niño feliz puede transmitir.

Contra el Melilla, hacia la mitad de la primera parte, entre las primeras quejas de la fila de atrás, me pareció escuchar a uno pedir tranquilidad, porque “siempre marcamos en el 93”. Se ve que tenía uno de esos días de inocencia desmesurada, así que comencé a buscar mentalmente nuestra última victoria importante en el descuento y, cuando estaba llegando al inicio de la década, escuché los nombres de Sergio Ramos y de Morata. Estaban hablando de su equipo, claro. Después siguieron hablando de Guardiola y de la posesión, de que el Murcia no tira a puerta, de que el partido era aburrido. Entonces pensé que, como tantas otras veces en su historia, al Murcia empezaba a juzgarlo en la grada algo que no tiene nada que ver con el murcianismo. Y tampoco tiene que ver con el madridismo, no, aunque lo parezca. Se trata del cortoplacismo, ese enemigo ya no del Murcia, sino de la vida en general, que aparece siempre ansioso, pendiente del maldito resultado, del hoy, del ahora. Se trata de la incapacidad de valorar el trabajo de Paco García, su impecable puesta en escena el domingo, en el mejor partido del Murcia en casa, que no sirve de nada si el equipo no gana. Se trata de ignorar que a veces el buen trabajo sólo da resultado a medio plazo, quizá en la segunda vuelta, ojalá en la recta final, quién sabe si en los playoffs. O qué cojones, el año que viene, o el siguiente. Y mientras el cortoplacismo dudaba, el Murcia crecía. Benito volvía a ser dueño del partido, quizá mejor escoltado por Armando, los laterales llegaban continuamente a Isi y Roberto, y Cuero mostraba que va a ser lo que prometía. Y el Murcia no dejó de crecer tras el descanso, impulsado por los cambios, fresco pese al calor, aplastando al Melilla y haciéndolo todo bien para que el gol llegara tarde, como contra el Lorca, si no hubiera sido por la expulsión. El 0-0 dejó un silencio escéptico en el estadio, que ahora se debate entre el cortoplacismo y las sensaciones. "El pasado y el futuro se unen por tu escudo", canta el himno, pero el Murcia de Paco García va a necesitar que por una vez en cien años dejemos de escuchar a la fila de atrás, pensé mientras miraba el asiento vacío del niño.

Real Murcia: Simón; José Ruiz, Morante, Jaume, Pumar; Armando, Diego Benito; Isi (Iru, 80'), Saura (Titi, 56'), Roberto Alarcón (Nacho Pérez, 69') y Cuero.
Goles: no les hubo.

La verdad

 

 Alejandro Oliva  [@betandtuit] 

Jumilla, 2; Real Murcia, 0.
Puedes leer a los más sabios, escuchar a la gente sensata, tomar nota de la opinión de los expertos, pero lo único que te acercará a la verdad está escrito en las casas de apuestas. Las casas de apuestas no tienen sentimientos, y quizá eso las convierta en máquinas de la verdad sin matices. No aman, ni odian. No tienen complejos, ni rabia. Ni patria, ni dignidad. Las casas de apuestas no saben de rencor, ni de orgullo. No se mofan de nadie, ni se dan entre ellas con el codico con intención socarrona. No conocen el miedo ni la duda. No tienen intereses económicos, porque son el interés económico puro. Lee, escucha, toma nota de todo, pero si quieres acercarte algo a la verdad, mira bien lo que te dicen las casas de apuestas. Y el domingo, desde antes de salir de casa, las casas de apuestas nos lo habían anunciado: el Jumilla era favorito en su partido contra el Murcia. No lo decían por joder, ni por herir a nadie, ni por un arranque de locura o de inspiración. Lo decían porque era verdad. Las casas de apuestas te pagaban 14 euros si apostabas 10 a que el Jumilla ganaba, y algo más de 18 si los apostabas al Murcia. Esa era la realidad, el análisis más serio antes de iniciarse el partido. Durante el camino de ida esa verdad nos acompañó, casi nos arropó, nos puso en nuestro sitio. Esa verdad y otra que recordábamos bien: hace algo más de cinco meses, cuando el Murcia de Aira fue a Jumilla, las casas de apuestas te pagaban menos de 5 euros si apostabas 10 a la victoria del Murcia. Hoy te pagaban más de 18, en abril ni 5 euros. Y entonces también decían la verdad.

Paco García conocía al Jumilla y, seguramente sin necesidad de conocer su verdad, estaba de acuerdo con las casas de apuestas. Reforzó al equipo con algo más de nervio para las pequeñas batallas que deciden hacia dónde se inclina un partido, en un duelo de esos destinados a la palabra intensidad, ese concepto mágico que todo lo explica en el fútbol. ¿Intensidad para ganar esas pequeñas batallas? ¿Intensidad para llegar medio segundo antes al balón? Intensidad como sinónimo de determinación, quizá, y ahí el Murcia echó en falta a Golobart, que ha demostrado desde el primer día que no le importa meter la cabeza en la boca del lobo, ni en la del rival, que siempre llegaba medio segundo antes al balón. Tras el descanso, Paco García salió con todo, e incluso logramos igualar algo esa intensidad con uno menos. Pero la explicación ya la habían dado las casas de apuestas mucho antes: el Jumilla es un equipo muy serio, con alma y bien armado desde el principio en torno al carácter de Pichi Lucas, que en septiembre, al inicio de temporada, está a la altura del Murcia de Paco García. Esa era la verdad, ellas ya la sabían. Y a la salida del estadio, rodeados de mil murcianistas menos que el año pasado (¿contemplarían eso también las casas de apuestas?), tuvimos claro que la tarde de septiembre proponía el fresco perfecto para no buscar más explicaciones, al menos durante la primera cerveza. Después llegaron unas empanadillas de cabrito que también se acercaron bastante a la verdad, y nos recordaron, además, que en caso de duda siempre hay que viajar con el equipo.

Real Murcia: Diego Rivas, José Ruiz (Wilson Cuero, 45'), Jaume Sobregrau, Fran Morante, Paris Adot, Jon Iru, Adrián Cruz, Diego Benito (Nacho Pérez, 45'), Titi, Roberto Alarcón y Borjas Martín (Isi, 63').
Goles: 1-0 (Ángel Robles, 33'), 2-0 (37', Fran Morante en propia meta).

Un Luis Milla


Alejandro Oliva   [@betandtuit]

Real Murcia, 2; Vete a saber qué Lorca, 0.
A finales de los 80 no teníamos Internet, pero en su lugar teníamos capacidad de asombro. También teníamos una tele en la que no podíamos elegir qué partido queríamos ver: había tan pocos que los veíamos todos. Un día, en uno de esos partidos, Cruyff puso de titular en el Barça por delante de la defensa a un canterano, un tipo algo bajito y ligero que se llamaba Luis Milla y, de pronto, todo cambió. Fue, al menos para los jóvenes de entonces, como si nadie antes hubiera jugado de verdad por delante de la defensa. Luis Milla lo hacía todo bien y de manera natural, como si hubiera nacido mediocentro antes que persona. Era perfecto y sin parecerlo; elegante y sin artificio; sencillo en la tarea más difícil del mundo: recibir ahí tranquilo, pasar rápido y bien, parar cuando nadie piensa que vas a parar, ordenar todo, dar sentido. Luis Milla se fue del Barça, donde se recuerda más a Guardiola, al Madrid, donde se recuerda más a Redondo. Terminó en el Valencia y apenas jugó en la selección. Quizá no tuvo suerte, quizá no era tan bueno, pero a algunos nos asombró tanto que decidimos fundar una especie de sociedad secreta que celebra reuniones improvisadas, muy de cuando en cuando, en ese momento en el que alguien al pedir un johnniewalker-cola saca el nombre de Luis Milla en la barra de un bar y otro miembro de la sociedad secreta lo recoge con una sonrisa. Entonces podemos estar horas hablando de cómo Luis Milla recibía y pasaba, de cómo Luis Milla dominaba el juego de manera natural; entonces, sobre todo, hablamos de si hemos localizado a algún Luis Milla, alguien que recuerde, aunque sólo sea ligeramente, a Luis Milla. Hablamos de si habrá alguien capaz de volver a asombrarnos. De si hay alguna esperanza.

Contra el Lorca, Paco García puso por delante de la defensa a Diego Benito y el partido tuvo el encanto de cuando no teníamos Internet. Recibía el balón y lo pasaba, paraba cuando había que parar, ordenaba, daba sentido. ¿Un Luis Milla en Nueva Condomina? Miré a derecha e izquierda pero fue inútil: no había convocada reunión de la sociedad secreta. El Murcia, que había sido dominado por el Mérida en la primera jornada, dominaba al Lorca, y es muy probable que fuera por Benito, uno de esos jugadores que hace mejores a todos sus compañeros. El Murcia, además, acertó arriba, y dejó la sensación de que si en defensa alcanza esa soñada solidez peleará incluso contra equipos que pueden pagar la luz de su estadio. Y ganó, que dicen que es lo único que importa. Ganar y que, dentro de 25 años, alguien al pedir un johnniewalker-cola saque el nombre de Diego Benito en la barra de un bar y otro lo recoja con una sonrisa. Y terminen hablando de fútbol, del Murcia, de si hay alguna esperanza.

Real Murcia: Diego Rivas, José Ruiz, Golobart (Sobregrau, 12'), Fran Morante, Pumar, Diego Benito (Armando, 79'), Rubén Ramos, Javi Saura (Roberto Alarcón, 65'), Titi, Adrián Cruz y Borjas Martín.
Goles: 1-0 (Titi, 78'). 2-0 (Alarcón, 87').